Cuando empecé a ver a mi papá en sus gustos políticos, me animé a seguirlo. Eran los años del Frente Nacional y no había tanta rapiña por los escaños del congreso. En tiempos de transición, todo estaba arreglado.
Mi viejo era liberal y así me enseñó a serlo. Pero de los de antes. Los de ahora, hacen dar vergüenza ajena. Seguía mi padre las banderas rojas, votaba con pasión, defendía ideales, argumentaba con razón.
Sufrió sustos por ser liberal en esos días que los periódicos llamaban "de la violencia". En El Diviso, por la carretera de Rionegro a Santa Cruz de la Colina, sintió el cañón de un fusil chulavita, rozándole la piel del estómago. Que lo salvó? La suerte. Y mi mamá decía que sus oraciones.
En Agosto de 1977 recibí mi cédula de ciudadano colombiano. Pensé con alegría en el momento en que depositaría mi primer voto. Lamentablemente fue por el que -talvez no le entendimos- gobernó con los más funestos y los más rapaces. Ya había estado gritando vivas a López Michelsen en el 74, por aquella calle 36 de Bucaramanga, que desde el Parque García Rovira hasta el Santander, se volvía zona de votación en esos domingos "democráticos". Pero allá era menor de edad y solo pude hacer bulla.
Después, cuando se lanzó la candidatura del Dr. Luis Carlos Galán, creí en sus ideas, en sus postulados y en su valentía y adherí al Nuevo Liberalismo.
Sin pensar en el "que voy a pedir, que me van a dar" trabajé toda la campaña. Sacaba grandes ratos de las noches para ir a reuniones diarias, pegar afiches, pintar murales e incluso ser parte del cuerpo de seguridad del candidato en una visita a la ciudad. Hacíamos una cadena de casi treinta personas, entrelazando los brazos, rodeando a Galán, mientras el caminaba saludando a su gente. Pudimos ser el cartoncito con círculos y números de algun enemigo. Pero era mi convicción.
En las elecciones parlamentarias vi una de las grandes traiciones. Un politiquero tradicional del departamento, narizón por más señas y quien luego sería Contralor de la república, logró su puesto de senador con los votos de los galanistas y ese mismo lunes, amaneció siendo lopista. Y sin vergüenza. Bueno, sinvergüenza ya era.
Luego, en las presidenciales, se perdió el poder y vino don "Pascual" -Cual Paz..?- Betancur a "pendejiar" en la silla presidencial.
Por mi trabajo en el Nuevo Liberalismo me ofrecieron dos becas para estudiantes de secundaria, que tranpasé a un par de parientes, de quienes jamás recibí un gracias. No importa... esa no ha sido mi razón de ser. Se da y si se recibe, bien. Si no, igual. De desagradecidos está empedrado el mundo.
Cuando mi papá agonizaba, en el 84, entré a la casa del Parque Bolivar a contarles de su enfermedad. Recibí una andanada de insultos por parte de un "señor" Camacho, que luego sería Gobernador y más tarde presidiario -ahí senti un fresquito-, culpándome del cambio de unas papeletas -votos de entonces- a favor de la Confederación, solo por ser rionegrano. Insultó y además, confundió. Ese nunca ha sido mi estilo.
Me alejé de esas actividades. Siempre he votado, porque es un derecho y un deber, pero lo hago en BLANCO.
Solo cuando apareció la candidatura del Dr. Uribe, volví a votar por un nombre. Y por un hombre. Y no me pesa. Siempre me sentiré orgulloso de ser parte de más de la mitad de los colombianos que hemos confiado en él. Los áulicos del socialismo se tragarán a su debido tiempo esas palabras que vomitan aprendidas de memoria.
Con JUDAS Manuel Santos, me equivoqué. Como nos equivocamos todos los que votamos por unas ideas, metidas en un disfraz de valiente, cuando en el fondo no es más que un mequetrefe que se le acomoda a la brisa de la conveniencia. Lo reconozco, me equivoqué.
Y ayer, como lo escribí en mi muro de FB:
"Asistí a una reunión de politiqueros en Bello. Aún no se porque lo hice. Tal vez por amistad con un familiar de mi esposa. Pero que borbollón de mentiras, de cháchara barata, del mismo discurso de siempre. Nunca me había sentido tan fuera de lugar. Definitivamente no sirvo para escuchar esos promeseros de m...da..! Son un cáncer para esta Colombia hermosa. Y si, estoy p..to..!"
Hoy, con más calma, creo que puedo jurarme no volver a caer en esas ridículas reuniones, donde la mayoría de gente asiste por un trago, una cerveza o un pedazo de chorizo. Dejo constancia. Es imperdonable gastar el tiempo oyendo esa cantidad de sandeces, mentiras y estupìdeces. Lo que más indigna es ver que los candidatos con una sonrisita mañosa y sarcástica, van mirando a la concurrencia, mientras se dicen para si: "Estos ya cayeron..." Cuando llegan, van hasta el rincón más oculto, a saludar de mano y abrazo a los asistentes, creyendo que todos nos vamos a quedar sin lavarnos las manos por un mes.
Ayer, tal vez otros cayeron, porque conmigo es otro cantar.
Si un candidato dice: "Bello ya no será un municipio, será una ciudad..." pues apague y vámonos. Son clasificaciones distintas. Una cosa es la administrativa, que va desde los corregimientos, municipios, departamentos, distritos ....(Sociales de segundo primaria) y otra lo es por características físicas: caserío, pueblo, ciudad.... Y si los que dirigen, no saben distinguir, que podemos esperar. Según ellos, Medellín no es un municipio..? O Bucaramanga..? O Cali..?
No se puede confundir en medio de la idiotez.
Alguien, ante mi asombro y reclamo por tanta inconsistencia en las ideas de los futuros dirigentes, me dijo: "Y entonces, Ud que hace aqui, contradiciendo todo...?"
En un instante recapacité y salí raudo de ese salón al cual nunca debí entrar.
sábado, 3 de septiembre de 2011
jueves, 25 de agosto de 2011
JAIME GONZALEZ, pereirano y buen amigo.
Era esa casa, lo que el había soñado para pasar los días en que no tendría que trabajar, donde podría mirar pasar el tiempo sin afanes, disfrutando del buen sabor de un aguardiente, mientras sentado en las mecedoras del corredor contemplaba el rio, dejaba ir por su mente recuerdos y soñaba con más ilusiones.
Jaime González Angel había nacido en Pereira, portaba la raza del viejo Antioquia en su sangre, así como era dueño también de una bondad que rayaba "en la pendejería" como el mismo decía. Después de trabajar en Bavaria y como ejecutivo en varias empresas del país, llegó a Bucaramanga en plan de aventura y huyendo del dolor de un primer matrimonio que se había desbaratado hacía poco. Durmió una noche en alguna banca del Parque Santander de la 36 con 19 mientras la Sagrada Familia le cuidaba el sueño. Al día siguiente, sin dinero en su bolsillo y aparentemente sin futuro, bajó hasta la calle 35 con 14 y en el Almacén Valher encontró no solamente un amigo, sino también un trabajo que le permitió arrancar de nuevo.
Empezó a cogerle el tiro a la nueva ciudad en su colección de territorios que iba haciendo propios, mientras se acomodaba en un apartamento de la cra 15 adelante de la 41 en una época en que la avenida solo llegaba a la 45 y cuando se podía vivir en el centro. Estaba apenas terminando la década del sesenta.
Fiel seguidor de la mujer, se fue dejando enredar por una que se pegó de su buen estilo para vivir bien. Entre su trabajo en Exclusivas, una distribuidora textil; los aguardienticos del fin de semana y el orgullo de mostrar su conquista que ya le había dado una hija más, fue haciendo nuevos amigos.
Por aquellos días tuve la fortuna de encontrar su amistad, ligada por una carámbola de tipo familiar. Su mujer era hermana de quien por aquellos días había empezado a enredar mis cariños afectivos.
El compartir en medio del parentesco fue haciendo crecer una amistad que se afianzaba en gustos similares por la lectura, por la bohemia pura y por esa música que resalta los valores colombianistas. Primo hermano del Poeta de la Raza, Luis Carlos González; tenía tintes de verseador y entretenía los ratos de conversación con buenas frases y un fino humor.
Viviendo ya frente al Colegio de la Presentación, por la calle 56, donde una curva convierte la avenida en la "carretera" que va hacia Pan de Azúcar, alguna vez me pidió que le ayudara a buscar un lote rural cercano, pues quería hacer una finca para pasar su edad de descanso.
Con mi papá nos dedicamos al encargo y muy pronto logramos contactar al dueño de San Julián, a quien se le sugirió la compra de un pedazo de terreno que hacía vecindad con el río, a la izquierda, justo cuando se pasa el puente de Case´tabla, por la via de Rionegro hacia Santa Cruz de la Colina.
A su gusto, con ingeniero a bordo, levantó la casa acogedora y bonita que muchos conocimos, con una piscina que "serviría para contemplar y admirar a su mujer mientras tomaba el sol". Esa era su ilusión, pero jamás se le cumplió, porque el genio y el pésimo orgullo de su compañera le impedían complacerlo. Sembró arboles, cuidó su tierra y consitió un par de loras que le conversaban y varios perros que acompañaban sus pasos por la vereda.
Igual "el compadre" como lo conocíamos todos por su forma de saludar a quienes se acercaban a su lado, se fue ganando el cariño del vecindario y muy pronto se sintió un amigo de la gente que compartía el paisaje. Se volvió un benefactor de quienes le necesitaban, trabajó hombro a hombro en la creación de Cadesoc AGRORIO y en los fines de semana compartía con quienes íbamos de paseo a disfrutar de una finca que siempre ponía a las órdenes de todos.
Mientras tanto, su emperifollada y orgullosa mujer, iba haciendo toldo aparte. Alguna vez que llegamos un sábado con mis hijos a compartir el fin de semana, nos encontramos con la sorpresa del matrimonio eclesiástico y vestida de blanco de quien hasta esa semana lo había acompañado. Caminó, llorando, por los alrededores de la Iglesia del Divino Niño, mientras la susodicha le daba el si a un abogaducho tramposo y vividor.
Fue un tiempo duro, de mucho sufrimiento para alguien que aiempre pensaba en el bienestar de la ingrata, que conchuda a morir, después de la luna de miel empezó a ir los fines de semana con marido y todo, aprovechando esa "pendejería" que sabía explotar.
En uno de los puentes de agosto fui con un par de amigos, coincidimos con los intrusos y con la valentía que dan la amistad verdadera y unos tragos en la cabeza, les formamos el "tierrero" y esa misma noche tuvieron que salir con el rabo entre las piernas y regresarse con todos los amigotes que iban a ponerse de ruana a Jaime, al punto de hacerlo servir cervezas, aguardiente y comida, algo que el nunca hacía físicamente con los amigos.
Pasado el buen suceso para su espíritu, madrugamos sin dormir, a Case´tabla por unas cervezas y allí recibimos las felicitaciones de todos los vecinos que esa hora esperaban el corte de carne del domingo. Nos llovieron cervezas y palabras de satisfacción por haber "corrido a esos sinvergüenzas que se aprovechan de la bondad de don Jaime".
Su vida siguíó en la soledad de una casa que habia soñado diferente, pero la permanente visita de amigos, vecinos y algunos parientes que venian de su natal Pereira, fueron ayudando a superar ese vacío.
Como yo estaba a cargo de Valparaiso, por la reciente muerte de mi papá, aprovechaba para en mis idas allí, pasar a quedarme en las noches en EL Cielo, -como llamaba a su parcela- y entre charlas, conversas y aguardientes, ir haciéndole crear un callo en ese corazón que, me decía una tarde, "creí que se desbarataba, compadre..!"
Fueron muchas las personas de Rionegro, de Bucaramanga, de Santa Cruz de la Colina, que supieron de su amistad, de su bondad y contribuyeron para que sus horas se fueran limpiando del desengaño.
Ayudé -desafortunadamente- a que por sus predios y por su vida, volviera uno de los amigos que lo había abandonado cuando más lo necesitaba. Había sido un vendedor en Exclusivas y por divergencias entre Mery y la diminuta mujer del amigo, se había alejado. Lo busqué en Bucaramanga y le pedí que cayeran de sorpresa por la finca. Fue un momento muy emocionante el reencuentro. De allí en adelante no fallaron en sus visitas, pero después del viaje obligado de Jaime para Pereira, se adueñaron de la finca y por poco se quedan con ella.
Una tarde, estando con la familia Corredor, amigos mios de vieja data, mientras se servía la carne asada que no faltaba, lo vimos hacer unos gestos raros, mientras se sostenía dificilmente de una pared. Estaba a punto de sufrir un derrame cerebral, que afortunadamente y porque corrimos con el, al Hospital de Rionegro, no alcanzó a dañar su movilidad. Pero si se le prohibió el trago, un poco de sus comidas favoritas y ya no fue igual su vida. El "amigo de marras" llamó a Pereira para que su familia viniera por él, algo que se hizo sin que yo supiera y hasta ahi llegó su vida en esa región que quiso con el alma. Eran los finales del año 87.....
Hace unos tres años fuimos con Vicky a visitarlos a Frailes, la finca familiar de los Gonzalez, arriba de Pereira. Ya estaba en los 89 años, había perdido mucho su visión, su oido y los achaques de los años dificultaban su trasegar.
Hace dos años se marchó a la eternidad, pero creo que en quienes lo conocimos quedó un buen recuerdo y la gratitud a su bondad y a su buen conversar.
Creo que en una próxima nota relataré algunas de sus anécdotas, que son bastantes, divertidas y con enseñanzas de vida. No en vano el repetía "Compadre, llevo toda la vida aprendiendo y aún no he pasado el curso".
Jaime González Angel había nacido en Pereira, portaba la raza del viejo Antioquia en su sangre, así como era dueño también de una bondad que rayaba "en la pendejería" como el mismo decía. Después de trabajar en Bavaria y como ejecutivo en varias empresas del país, llegó a Bucaramanga en plan de aventura y huyendo del dolor de un primer matrimonio que se había desbaratado hacía poco. Durmió una noche en alguna banca del Parque Santander de la 36 con 19 mientras la Sagrada Familia le cuidaba el sueño. Al día siguiente, sin dinero en su bolsillo y aparentemente sin futuro, bajó hasta la calle 35 con 14 y en el Almacén Valher encontró no solamente un amigo, sino también un trabajo que le permitió arrancar de nuevo.
Empezó a cogerle el tiro a la nueva ciudad en su colección de territorios que iba haciendo propios, mientras se acomodaba en un apartamento de la cra 15 adelante de la 41 en una época en que la avenida solo llegaba a la 45 y cuando se podía vivir en el centro. Estaba apenas terminando la década del sesenta.
Fiel seguidor de la mujer, se fue dejando enredar por una que se pegó de su buen estilo para vivir bien. Entre su trabajo en Exclusivas, una distribuidora textil; los aguardienticos del fin de semana y el orgullo de mostrar su conquista que ya le había dado una hija más, fue haciendo nuevos amigos.
Por aquellos días tuve la fortuna de encontrar su amistad, ligada por una carámbola de tipo familiar. Su mujer era hermana de quien por aquellos días había empezado a enredar mis cariños afectivos.
El compartir en medio del parentesco fue haciendo crecer una amistad que se afianzaba en gustos similares por la lectura, por la bohemia pura y por esa música que resalta los valores colombianistas. Primo hermano del Poeta de la Raza, Luis Carlos González; tenía tintes de verseador y entretenía los ratos de conversación con buenas frases y un fino humor.
Viviendo ya frente al Colegio de la Presentación, por la calle 56, donde una curva convierte la avenida en la "carretera" que va hacia Pan de Azúcar, alguna vez me pidió que le ayudara a buscar un lote rural cercano, pues quería hacer una finca para pasar su edad de descanso.
Con mi papá nos dedicamos al encargo y muy pronto logramos contactar al dueño de San Julián, a quien se le sugirió la compra de un pedazo de terreno que hacía vecindad con el río, a la izquierda, justo cuando se pasa el puente de Case´tabla, por la via de Rionegro hacia Santa Cruz de la Colina.
A su gusto, con ingeniero a bordo, levantó la casa acogedora y bonita que muchos conocimos, con una piscina que "serviría para contemplar y admirar a su mujer mientras tomaba el sol". Esa era su ilusión, pero jamás se le cumplió, porque el genio y el pésimo orgullo de su compañera le impedían complacerlo. Sembró arboles, cuidó su tierra y consitió un par de loras que le conversaban y varios perros que acompañaban sus pasos por la vereda.
Igual "el compadre" como lo conocíamos todos por su forma de saludar a quienes se acercaban a su lado, se fue ganando el cariño del vecindario y muy pronto se sintió un amigo de la gente que compartía el paisaje. Se volvió un benefactor de quienes le necesitaban, trabajó hombro a hombro en la creación de Cadesoc AGRORIO y en los fines de semana compartía con quienes íbamos de paseo a disfrutar de una finca que siempre ponía a las órdenes de todos.
Mientras tanto, su emperifollada y orgullosa mujer, iba haciendo toldo aparte. Alguna vez que llegamos un sábado con mis hijos a compartir el fin de semana, nos encontramos con la sorpresa del matrimonio eclesiástico y vestida de blanco de quien hasta esa semana lo había acompañado. Caminó, llorando, por los alrededores de la Iglesia del Divino Niño, mientras la susodicha le daba el si a un abogaducho tramposo y vividor.
Fue un tiempo duro, de mucho sufrimiento para alguien que aiempre pensaba en el bienestar de la ingrata, que conchuda a morir, después de la luna de miel empezó a ir los fines de semana con marido y todo, aprovechando esa "pendejería" que sabía explotar.
En uno de los puentes de agosto fui con un par de amigos, coincidimos con los intrusos y con la valentía que dan la amistad verdadera y unos tragos en la cabeza, les formamos el "tierrero" y esa misma noche tuvieron que salir con el rabo entre las piernas y regresarse con todos los amigotes que iban a ponerse de ruana a Jaime, al punto de hacerlo servir cervezas, aguardiente y comida, algo que el nunca hacía físicamente con los amigos.
Pasado el buen suceso para su espíritu, madrugamos sin dormir, a Case´tabla por unas cervezas y allí recibimos las felicitaciones de todos los vecinos que esa hora esperaban el corte de carne del domingo. Nos llovieron cervezas y palabras de satisfacción por haber "corrido a esos sinvergüenzas que se aprovechan de la bondad de don Jaime".
Su vida siguíó en la soledad de una casa que habia soñado diferente, pero la permanente visita de amigos, vecinos y algunos parientes que venian de su natal Pereira, fueron ayudando a superar ese vacío.
Como yo estaba a cargo de Valparaiso, por la reciente muerte de mi papá, aprovechaba para en mis idas allí, pasar a quedarme en las noches en EL Cielo, -como llamaba a su parcela- y entre charlas, conversas y aguardientes, ir haciéndole crear un callo en ese corazón que, me decía una tarde, "creí que se desbarataba, compadre..!"
Fueron muchas las personas de Rionegro, de Bucaramanga, de Santa Cruz de la Colina, que supieron de su amistad, de su bondad y contribuyeron para que sus horas se fueran limpiando del desengaño.
Ayudé -desafortunadamente- a que por sus predios y por su vida, volviera uno de los amigos que lo había abandonado cuando más lo necesitaba. Había sido un vendedor en Exclusivas y por divergencias entre Mery y la diminuta mujer del amigo, se había alejado. Lo busqué en Bucaramanga y le pedí que cayeran de sorpresa por la finca. Fue un momento muy emocionante el reencuentro. De allí en adelante no fallaron en sus visitas, pero después del viaje obligado de Jaime para Pereira, se adueñaron de la finca y por poco se quedan con ella.
Una tarde, estando con la familia Corredor, amigos mios de vieja data, mientras se servía la carne asada que no faltaba, lo vimos hacer unos gestos raros, mientras se sostenía dificilmente de una pared. Estaba a punto de sufrir un derrame cerebral, que afortunadamente y porque corrimos con el, al Hospital de Rionegro, no alcanzó a dañar su movilidad. Pero si se le prohibió el trago, un poco de sus comidas favoritas y ya no fue igual su vida. El "amigo de marras" llamó a Pereira para que su familia viniera por él, algo que se hizo sin que yo supiera y hasta ahi llegó su vida en esa región que quiso con el alma. Eran los finales del año 87.....
Hace unos tres años fuimos con Vicky a visitarlos a Frailes, la finca familiar de los Gonzalez, arriba de Pereira. Ya estaba en los 89 años, había perdido mucho su visión, su oido y los achaques de los años dificultaban su trasegar.
Hace dos años se marchó a la eternidad, pero creo que en quienes lo conocimos quedó un buen recuerdo y la gratitud a su bondad y a su buen conversar.
Creo que en una próxima nota relataré algunas de sus anécdotas, que son bastantes, divertidas y con enseñanzas de vida. No en vano el repetía "Compadre, llevo toda la vida aprendiendo y aún no he pasado el curso".
martes, 12 de julio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
Un viaje de trabajo y de sueños.
Esas noches de jueves, cuando había confirmado que mi papá me llevaría con él a Bucaramanga, en ese plan tradicional de hacer el mercado para la Cooperativa de Consumo de la Hacienda Berlín, que gerenciaba, eran de sueños y alegría.
Sabía que tenía que madrugar a las cinco y media de la mañana, para alistarme y salir con él en eso que era una aventura, acompañado, más que por mi padre, por ese amigo que tuve desde que nací.
Hacía cuentas, entre las cuentas, de que carrito me iba a comprar en un descanso de las vueltas laborales.
Seguramente habría otro de la colección de Plásticos Gacela, que por ser como de una pequeña colección y decentes en el precio, eran de mis preferidos.
Me dormía tratando de que la noche pasara lo más rápido posible y cuando me daba cuenta, ya estaba sonando en la Radio Atalaya el programa Alegría de mi Rancho, con sus coplas mañaneras, sus rancheras para el gusto de los campesinos y los mensajes -a manera de razones- que en ese tiempo era casi la única comunicación de la ciudad con el campo. "Se informa a don Cosme Villamizar, en la vereda Quebraditas del Corregimiento Santa Cruz de la Colina, que sus sobrinos viajan esta tarde en el camión lechero y que le llevan los encargos que había pedido". Por ejemplo. Era como un visionario adelanto de las vías celulares y virtuales de ahora.
Después de un baño bien frio, cuando el clima era diferente, me vestía y en menos de quince minutos ya estaba listo para emprender el viaje.
Saliamos volados por ese caminito que recuerdo con curvas y piedras, pasábamos por la cooperativa para recoger empaques y alguna cosa que faltara y por el ramal que llegaba hasta la hacienda, nos comíamos los seiscientos metros que habían hasta el cruce con la carretera de La Colina, por donde bajaría en unos minutos la buseta Ford de trompa amarilla con guardafangos rojos, para en ella enrumbarnos definitivamente hacia la capital.
Por el trayecto, mientras mi viejo conversaba con el conductor o con algún amigo, le proponía, ya en la carretera central, que jugáramos a quien adivinaba la marca del proximo carro que encontráramos. Casi siempre le ganaba, porque él, pendiente de sus temas de adulto se le olvidaba que íbamos "apostando" en ese juego donde el premio era un abrazo y su sonrisa de papá.
Pasábamos por Rionegro muy rápido y en menos tiempo del pensado, ya veía los rastrojos que abajo del barrio San Rafael me recibían como paisaje de ciudad. El barrio Kennedy apenas estaba poblándose y había otros ranchos, más que casas, en lo que llamaban entonces La Juventud. En Los Colorados solo había una, que servía de tienda. Bucaramanga estaba todavía muy lejos de llegar a esos entornos.
En la calle sexta con quince, frente a la Bomba Santa Marta y la Escuela de Cementos Diamante, nos despediamos de pasajeros y transporte y bajábamos las dos cuadras hasta la casa de los abuelos paternos.
Ahí, después de saludos y la entrega del presente, de un par de "actualizaciones" sobre la familia, mi papá "hacía traer un "carro de plaza" como se llamaban antes los taxis y nos íbamos hasta el Granero Oriental, arriba de la quince por la calle treinta y tres.
Dejábamos los trastes, incluido un maletín con dinero en efectivo, -como ha cambiado la vida- y empezaba el vaivén de mi papá, conmigo a su lado, buscando productos con buenos precios, para surtir los estantes y graneros de la entidad proveedora de los socios.
Ibamos a un negocio de panela de una señora Delia, o a la panelera de la Quebrada Seca, a las bodegas de papa que quedaban en los bajos de la plaza, justo debajo del puente, a las ventas de maíz, de fríjoles, de alverja, de cotizas, de quincallería -productos para la cocina-, de drogas -o remedios, para evitar malos entendidos- y de un montón de cosas que hacían parte de la lista. Siempre se buscaba el mejor precio. Nunca se compró en la primera parte donde se entraba, sin antes comparar en otros dos o tres negocios.
Apenas eran las nueve de la mañana y ya la mitad del mercado estaba hecho. Entonces pasábamos por un puesto de verduras dentro de la plaza, que tenía como vecino a un vendedor de Nevados, esos panes cubiertos de mantequilla y azúcar que eran y son, un manjar para mi paladar y mientras el compraba la cebolla cabezona morada y las zanahorias, yo despachaba por entre mi garganta dos de esos panecillos blanditos y sabrosos como un cielo.
Y ahí, me decía: Vamos para EL TIA.
La sangre se alborotaba en mis venas. Era la oportunidad de volver a ese almacén que guarda mil recuerdos de mi niñez. Llegábamos casi siempre por el Pasaje Cadena y al entrar, ese aroma intacto en mi mente, del café molido que allí vendían, me servia de pasante para los restos de Nevado que aún llevaba entre mi boca.
Pasar por la venta del café era de obligación. Nos gustaba mucho su sabor y su textura. Siempre que se iba a la ciudad, una libra o un kilo de ese manjar oscuro y oloroso regresaba con nosotros entre los encargos, así la hacienda fuera una gran productora de café. Pero no había tiempo para la tostada y la molienda.
Después a la sección de juguetes y allí si, a darle gusto a los ojos y a los sueños. La sección era muy bien surtida -no como ahora- y había para escoger, eso si teniendo en cuenta que no se podía sobrepasar el presupuesto. Jamás tuve un carro de cuerda, menos de pilas. Lo máximo en tecnología de juguetes fueron un Volswagen y algun camioncito de impulso. El escarabajo está en alguna de mis fotos de perfil del FB.
Ya con el carro en mis manos, en una bolsa blanca, de papel que tenía por un lado el logo grande del almacén y por el otro el listado de todas las ciudades donde funcionaba una sucursal, se me acababa la preocupación y dejaba que se fuera el tiempo sin afán.
El almuerzo lo buscábamos en un restaurante que había por la diesiseís, creo que se llamaba La Delicosa. Abundante y muy rico, mi papá me daba el gusto de comer unha carne que envuelven en huevo, que por aquellos tiempos era mi plato preferido. Después, pasábamos por el Almacén Barranquilla, en la carrera quince, donde se compraban uno o dos díscos de 78rpm, uno de música colombiana para mis papás y otro a mi gusto, que -quien lo creyera- eran casi siempre de lo que ahora llaman carrilera.
Para regresar a la casa de los abuelos en la sexta, tomábamos otro "carro de plaza", mientras que el mercado ya lo estaba llevando en su "carroe¨mula" un señor Francisco, que tenía toda la confianza de mi viejo y que en tres o cuatro viajes amontonaba el surtido para que después lo recogiera la volqueta de Berlín, o en su defecto Victoriano en su buseta, en un viaje extra que se hacía ya al caer la tarde.
El regreso era lleno de alegría, imaginándome como, cuando y donde iba a disfrutar mi nuevo juguete. Después de comernos un par de Doradas sudadas, que casi siempre iban con nosotros, pintaba con tiza una nueva carretera en el corredor de la escuela y empezaban mis juegos. Mientraas tanto mis viejos se dedicaban a liquidar precios para las cosas compradas, buscando si era posible bajarlos para beneficio de la gente. Esto siempre fue una constante. Y de soslayo, cuidaban mis recorridos "manejando" mi nuevo camioncito. El sueño me vencía. Al otro día, cuando me levantaba, ya mi padre había partido en busca de las reses que se venderían vueltas carne, ese domingo.
Entonces, como ahora, pensé en lo grande que pudo llegar a ser esa cooperativa. Ya estaba empezando a tener clientela de ciudad. Algo que parecía descabellado. Iba creciendo. Otras, que nacieron en esos mismos tiempos, subsisten. Y son grandes.
Muchas rutas hubieran cambiado. Para muchos, la vida pudo ser diferente- Pero ahora, solo hay recuerdos para escribirlos, para dejarlos saber en medio de una llovizna pertinaz que acompaña este momento de domingo.
Sabía que tenía que madrugar a las cinco y media de la mañana, para alistarme y salir con él en eso que era una aventura, acompañado, más que por mi padre, por ese amigo que tuve desde que nací.
Hacía cuentas, entre las cuentas, de que carrito me iba a comprar en un descanso de las vueltas laborales.
Seguramente habría otro de la colección de Plásticos Gacela, que por ser como de una pequeña colección y decentes en el precio, eran de mis preferidos.
Me dormía tratando de que la noche pasara lo más rápido posible y cuando me daba cuenta, ya estaba sonando en la Radio Atalaya el programa Alegría de mi Rancho, con sus coplas mañaneras, sus rancheras para el gusto de los campesinos y los mensajes -a manera de razones- que en ese tiempo era casi la única comunicación de la ciudad con el campo. "Se informa a don Cosme Villamizar, en la vereda Quebraditas del Corregimiento Santa Cruz de la Colina, que sus sobrinos viajan esta tarde en el camión lechero y que le llevan los encargos que había pedido". Por ejemplo. Era como un visionario adelanto de las vías celulares y virtuales de ahora.
Después de un baño bien frio, cuando el clima era diferente, me vestía y en menos de quince minutos ya estaba listo para emprender el viaje.
Saliamos volados por ese caminito que recuerdo con curvas y piedras, pasábamos por la cooperativa para recoger empaques y alguna cosa que faltara y por el ramal que llegaba hasta la hacienda, nos comíamos los seiscientos metros que habían hasta el cruce con la carretera de La Colina, por donde bajaría en unos minutos la buseta Ford de trompa amarilla con guardafangos rojos, para en ella enrumbarnos definitivamente hacia la capital.
Por el trayecto, mientras mi viejo conversaba con el conductor o con algún amigo, le proponía, ya en la carretera central, que jugáramos a quien adivinaba la marca del proximo carro que encontráramos. Casi siempre le ganaba, porque él, pendiente de sus temas de adulto se le olvidaba que íbamos "apostando" en ese juego donde el premio era un abrazo y su sonrisa de papá.
Pasábamos por Rionegro muy rápido y en menos tiempo del pensado, ya veía los rastrojos que abajo del barrio San Rafael me recibían como paisaje de ciudad. El barrio Kennedy apenas estaba poblándose y había otros ranchos, más que casas, en lo que llamaban entonces La Juventud. En Los Colorados solo había una, que servía de tienda. Bucaramanga estaba todavía muy lejos de llegar a esos entornos.
En la calle sexta con quince, frente a la Bomba Santa Marta y la Escuela de Cementos Diamante, nos despediamos de pasajeros y transporte y bajábamos las dos cuadras hasta la casa de los abuelos paternos.
Ahí, después de saludos y la entrega del presente, de un par de "actualizaciones" sobre la familia, mi papá "hacía traer un "carro de plaza" como se llamaban antes los taxis y nos íbamos hasta el Granero Oriental, arriba de la quince por la calle treinta y tres.
Dejábamos los trastes, incluido un maletín con dinero en efectivo, -como ha cambiado la vida- y empezaba el vaivén de mi papá, conmigo a su lado, buscando productos con buenos precios, para surtir los estantes y graneros de la entidad proveedora de los socios.
Ibamos a un negocio de panela de una señora Delia, o a la panelera de la Quebrada Seca, a las bodegas de papa que quedaban en los bajos de la plaza, justo debajo del puente, a las ventas de maíz, de fríjoles, de alverja, de cotizas, de quincallería -productos para la cocina-, de drogas -o remedios, para evitar malos entendidos- y de un montón de cosas que hacían parte de la lista. Siempre se buscaba el mejor precio. Nunca se compró en la primera parte donde se entraba, sin antes comparar en otros dos o tres negocios.
Apenas eran las nueve de la mañana y ya la mitad del mercado estaba hecho. Entonces pasábamos por un puesto de verduras dentro de la plaza, que tenía como vecino a un vendedor de Nevados, esos panes cubiertos de mantequilla y azúcar que eran y son, un manjar para mi paladar y mientras el compraba la cebolla cabezona morada y las zanahorias, yo despachaba por entre mi garganta dos de esos panecillos blanditos y sabrosos como un cielo.
Y ahí, me decía: Vamos para EL TIA.
La sangre se alborotaba en mis venas. Era la oportunidad de volver a ese almacén que guarda mil recuerdos de mi niñez. Llegábamos casi siempre por el Pasaje Cadena y al entrar, ese aroma intacto en mi mente, del café molido que allí vendían, me servia de pasante para los restos de Nevado que aún llevaba entre mi boca.
Pasar por la venta del café era de obligación. Nos gustaba mucho su sabor y su textura. Siempre que se iba a la ciudad, una libra o un kilo de ese manjar oscuro y oloroso regresaba con nosotros entre los encargos, así la hacienda fuera una gran productora de café. Pero no había tiempo para la tostada y la molienda.
Después a la sección de juguetes y allí si, a darle gusto a los ojos y a los sueños. La sección era muy bien surtida -no como ahora- y había para escoger, eso si teniendo en cuenta que no se podía sobrepasar el presupuesto. Jamás tuve un carro de cuerda, menos de pilas. Lo máximo en tecnología de juguetes fueron un Volswagen y algun camioncito de impulso. El escarabajo está en alguna de mis fotos de perfil del FB.
Ya con el carro en mis manos, en una bolsa blanca, de papel que tenía por un lado el logo grande del almacén y por el otro el listado de todas las ciudades donde funcionaba una sucursal, se me acababa la preocupación y dejaba que se fuera el tiempo sin afán.
El almuerzo lo buscábamos en un restaurante que había por la diesiseís, creo que se llamaba La Delicosa. Abundante y muy rico, mi papá me daba el gusto de comer unha carne que envuelven en huevo, que por aquellos tiempos era mi plato preferido. Después, pasábamos por el Almacén Barranquilla, en la carrera quince, donde se compraban uno o dos díscos de 78rpm, uno de música colombiana para mis papás y otro a mi gusto, que -quien lo creyera- eran casi siempre de lo que ahora llaman carrilera.
Para regresar a la casa de los abuelos en la sexta, tomábamos otro "carro de plaza", mientras que el mercado ya lo estaba llevando en su "carroe¨mula" un señor Francisco, que tenía toda la confianza de mi viejo y que en tres o cuatro viajes amontonaba el surtido para que después lo recogiera la volqueta de Berlín, o en su defecto Victoriano en su buseta, en un viaje extra que se hacía ya al caer la tarde.
El regreso era lleno de alegría, imaginándome como, cuando y donde iba a disfrutar mi nuevo juguete. Después de comernos un par de Doradas sudadas, que casi siempre iban con nosotros, pintaba con tiza una nueva carretera en el corredor de la escuela y empezaban mis juegos. Mientraas tanto mis viejos se dedicaban a liquidar precios para las cosas compradas, buscando si era posible bajarlos para beneficio de la gente. Esto siempre fue una constante. Y de soslayo, cuidaban mis recorridos "manejando" mi nuevo camioncito. El sueño me vencía. Al otro día, cuando me levantaba, ya mi padre había partido en busca de las reses que se venderían vueltas carne, ese domingo.
Entonces, como ahora, pensé en lo grande que pudo llegar a ser esa cooperativa. Ya estaba empezando a tener clientela de ciudad. Algo que parecía descabellado. Iba creciendo. Otras, que nacieron en esos mismos tiempos, subsisten. Y son grandes.
Muchas rutas hubieran cambiado. Para muchos, la vida pudo ser diferente- Pero ahora, solo hay recuerdos para escribirlos, para dejarlos saber en medio de una llovizna pertinaz que acompaña este momento de domingo.
miércoles, 8 de junio de 2011
Todo lo que había en una escuela -Parte 1.-
Cuando sonaba la campana, dejábamos a un lado los juegos, las risas y las pilatunas de niños inocentes y sudorosos corríamos a la fila, donde, disimuladas entre las recomendaciones de la maestra, rematábamos con sonrisas y miradas de picardía, lo que nos había quedado pendiente del recreo.
Al entrar al salón, había que esculcar el pupitre, para sacar los implementos de la próxima clase. Y ahi... era Troya.
Qué no había en aquel espacio tan pequeño, pero que con nuestro ingenio, se convertía en una bodega para todo lo imaginable y para la fantasía.
De todo.
Los cuadernos Cardenal, con pasta color café y las tablas de multiplicar -nuestro primer tormento en forma de números, antes de Baldor- y las equivalencias de las medidas, en la pasta trasera. Los había de veinte, cincuenta y cien hojas, cosidos con grapas que se oxidaban con el uso y no traían fotografías de modelos empelotas que según los sicólogos de las ventas, sirven para despertar la inteligencia.
La regla de madera, de treinta centimetros, con un tiralineas metálico incrustado a lo largo de uno de sus filos y que a mitad del año escolar ya no estaba. Solo existía la ranura y un montón de nombres de compañeritas de salón,dibujos tipo Picasso y un montón de mugre, pegachento y ocre.
El borrador, de rayas azules y blancas, el de lápiz y tinta -blanco y gris- o el de nata o leche, blanco o de colores y con olor de arequipe. Cualquiera de ellos terminaba el periodo mordido por culpa del "strees" y bastantes huecos hechos con la punta del lapicero.
Para escribir usábamos el tradicional lápìz amarillo, al que se le raspaba uno de los lados del exágono formado a todo lo largo, cerca del latón que soportaba el borrador, donde se escribía el nombre del propietario. Era la seguridad democrática de entonces, para evitar la pérdida del instrumento de escritura. Este solo se reemplazaba por parte de nuestros padres cuando al sacarle punta empezaba a desaparecer la marca de seguridad o "sello antirobo" y los restos del borrador se hacían salir a juro, apretando la lata dorada con los dientes.
Los sacapuntas, generalmente de pasta, había que cuidarlos con esmero, para no tenerlos, con su cuchilla brillante pero sin filo. El secreto consistía en no soplarlos para retirar las "faldas de madera" que hacían con el envoltorio de la mina negra y asombrosamente débil de los lápices. Y era un magnífico "mecánico" el que lograba soltar el tornillo, afilar la cuchilla en una piedra y volverla a colocar, con buenos resultados. Generalmente, esa cuchilla, no volvía a servir.
El lápicero, rojo o azul, se compraba entre los más económicos del mercado, pues para familias tan numerosas, el presupuesto escolar era muy corto. Muchas veces cuatro, cinco y hasta seis hermanos estudiaban al tiempo en la misma escuela.
Igual, no duraba mucho y había que surtir unas dos veces al año, con los nuevos modelos que siempre, desde entonces, están saliendo al mercado.
Alguna vez, cuando haciamos cuarto de primaria, se pusieron de moda unos estilógrafos baratos, pero innovadores para nosotros. La recarga de tinta era toda una aventura y cuadernos y camisas se convertían en lienzos de cuadros abstractos a manera de manchones.
El tablero, generalmente en madera y de dos caras, el que giraba sobre dos soportes redondos que lo asían al marco, pintado de negro -el verde vendría después- y con unas rayas horizontales como renglones, nos permitía escribir muchas cosas, hacer dibujos y practicar las multiplicaciones, restas y divisiones en los descansos posteriores al almuerzo, que abrigado en el fogón de la escuela, reeplazaba la vanidosa lonchera de ahora.
Cada escuela, cada región, cada alumno tiene un montón de recuerdos y circustancias sobre las cosas que había en cada pupitre y en cada salón de clases.
Que vengan esas remembranzas. Escriban. Ayúdenme a recordar.
Mientras tanto acomodo mis cuadernos, la regla, el lápiz y los sueños de siempre en la bolsa plástica que desechaban en la tienda, la misma bolsa que había sido empaque de deliciosas colombinas, con la muchacha sentada sobre la luna y que servía de maletín de útiles escolares, más eficientes que los modernos, hechos en telas "impermeables" que dejan mojar todo.
Mientras tanto, me voy entre añoranzas a copiar cien veces "no debo olvidar mis deberes escolares."
Al entrar al salón, había que esculcar el pupitre, para sacar los implementos de la próxima clase. Y ahi... era Troya.
Qué no había en aquel espacio tan pequeño, pero que con nuestro ingenio, se convertía en una bodega para todo lo imaginable y para la fantasía.
De todo.
Los cuadernos Cardenal, con pasta color café y las tablas de multiplicar -nuestro primer tormento en forma de números, antes de Baldor- y las equivalencias de las medidas, en la pasta trasera. Los había de veinte, cincuenta y cien hojas, cosidos con grapas que se oxidaban con el uso y no traían fotografías de modelos empelotas que según los sicólogos de las ventas, sirven para despertar la inteligencia.
La regla de madera, de treinta centimetros, con un tiralineas metálico incrustado a lo largo de uno de sus filos y que a mitad del año escolar ya no estaba. Solo existía la ranura y un montón de nombres de compañeritas de salón,dibujos tipo Picasso y un montón de mugre, pegachento y ocre.
El borrador, de rayas azules y blancas, el de lápiz y tinta -blanco y gris- o el de nata o leche, blanco o de colores y con olor de arequipe. Cualquiera de ellos terminaba el periodo mordido por culpa del "strees" y bastantes huecos hechos con la punta del lapicero.
Para escribir usábamos el tradicional lápìz amarillo, al que se le raspaba uno de los lados del exágono formado a todo lo largo, cerca del latón que soportaba el borrador, donde se escribía el nombre del propietario. Era la seguridad democrática de entonces, para evitar la pérdida del instrumento de escritura. Este solo se reemplazaba por parte de nuestros padres cuando al sacarle punta empezaba a desaparecer la marca de seguridad o "sello antirobo" y los restos del borrador se hacían salir a juro, apretando la lata dorada con los dientes.
Los sacapuntas, generalmente de pasta, había que cuidarlos con esmero, para no tenerlos, con su cuchilla brillante pero sin filo. El secreto consistía en no soplarlos para retirar las "faldas de madera" que hacían con el envoltorio de la mina negra y asombrosamente débil de los lápices. Y era un magnífico "mecánico" el que lograba soltar el tornillo, afilar la cuchilla en una piedra y volverla a colocar, con buenos resultados. Generalmente, esa cuchilla, no volvía a servir.
El lápicero, rojo o azul, se compraba entre los más económicos del mercado, pues para familias tan numerosas, el presupuesto escolar era muy corto. Muchas veces cuatro, cinco y hasta seis hermanos estudiaban al tiempo en la misma escuela.
Igual, no duraba mucho y había que surtir unas dos veces al año, con los nuevos modelos que siempre, desde entonces, están saliendo al mercado.
Alguna vez, cuando haciamos cuarto de primaria, se pusieron de moda unos estilógrafos baratos, pero innovadores para nosotros. La recarga de tinta era toda una aventura y cuadernos y camisas se convertían en lienzos de cuadros abstractos a manera de manchones.
El tablero, generalmente en madera y de dos caras, el que giraba sobre dos soportes redondos que lo asían al marco, pintado de negro -el verde vendría después- y con unas rayas horizontales como renglones, nos permitía escribir muchas cosas, hacer dibujos y practicar las multiplicaciones, restas y divisiones en los descansos posteriores al almuerzo, que abrigado en el fogón de la escuela, reeplazaba la vanidosa lonchera de ahora.
Cada escuela, cada región, cada alumno tiene un montón de recuerdos y circustancias sobre las cosas que había en cada pupitre y en cada salón de clases.
Que vengan esas remembranzas. Escriban. Ayúdenme a recordar.
Mientras tanto acomodo mis cuadernos, la regla, el lápiz y los sueños de siempre en la bolsa plástica que desechaban en la tienda, la misma bolsa que había sido empaque de deliciosas colombinas, con la muchacha sentada sobre la luna y que servía de maletín de útiles escolares, más eficientes que los modernos, hechos en telas "impermeables" que dejan mojar todo.
Mientras tanto, me voy entre añoranzas a copiar cien veces "no debo olvidar mis deberes escolares."
jueves, 26 de mayo de 2011
ANTES DE NACER.
La vida no comienza cuando se nace.
Se empieza a vivir, a sentir, a conocer el mundo desde el momento aquel, placentero casi siempre, de la gestación. Unidos los cuerpos de los padres carnalmente y unidas las semillas que cada uno aporta, comienza la vida.
Pero la mía empezó desde el día en que mis padres se conocieron. Por un lejano diciembre, el de 1948. Un poco más de siete años antes del nacimiento real.
A través de sus palabras, a través de todo lo que compartimos puedo estar seguro que viví con ellos antes de nacer. Aún antes de mi gestación. Y aún antes de su matrimonio. Quizá desde el momento en que se vieron por vez primera.
La señorita Blanca Graciela, había llegado esa tarde a Villa Paz, una vereda de Rionegro, acompañando a una amiga de su familia, maestra de ese sector, en plan de remplazar a otra maestra por unos días.
El galante y apuesto pretendiente –no son palabras mías- las tomé prestadas de los labios maternos, que se hacían cielo para referirse a él, vivía en una finca cercana al caserío, pero los fines de semana atendía la carnicería de allí que con una res completa, surtía el consumo de la semana de la región.
Parece ser que la atracción fue mutua e inmediata, iniciando a los pocos días una relación bien romántica, algo que se usaba mucho en el tiempo y en los corazones de los dos, amantes furibundos de la ternura, de los detalles, de las canciones, de las flores, de las caricias en palabras y del amor. Por eso por mi sangre corre esa costumbre que me impulsa a recoger una flor a la vera del camino para entregarla con el alma a quien me ama; a decirle una palabra bonita a una mujer o a cantar una poesía en cada mañana. Son cosas heredadas, así como tengo mucho de mis padres.
La semana pasó muy rápido y ella tuvo que regresar a Bucaramanga. Pero su corazón y su alma las dejó en ese muchachito campesino y rionegrano, que la ilusionó con su forma de ser. En su bolsillo quedó también un papel con la dirección de la casa en la ciudad, donde vivía con su hermana y su mamá, pero sin el apego cercano que si tenía por una prima de Florinda, doña Rosa Correa, a quien siempre consideró su mamá, a quien adoraba y que murió el año en que nací, sin poder conocer esas bondades de las que tanto me hablaría mi madre con el correr del tiempo.
Su noviazgo duró unos cuatro meses, con unas cinco o seis visitas furtivas del novio a los alrededores de la casa, viéndose a escondidas en una tienda, conversando no más de quince minutos, pues el celo de sus parientes era extremo, tan grande como el amor mutuo que sentían.
Todo esto aunado a la nostalgia que produce la lejanía, le hicieron soltar a él la petición de “¿te quieres casar conmigo?”, con una respuesta afirmativa de ella y el pensar en hacerlo a escondidas y en Rionegro.
Así que una mañana de lunes, Blanquita madrugó a misa de seis, acompañada de una vecina amiga de Florinda, a quien mandaban de cuidandera. Mi mamá se ingenio para que le hiciera una averiguación por los alrededores de la Sagrada Familia mientras ella la esperaba en la iglesia.
Apenas la señora volvió la espalda, la niña se fue al 4-3 –la estación de los taxis que viajaban al pueblo- y con una bolsa en la que llevaba un par de vestidos y que había sacado de la casa el domingo en la tarde, dejándola escondida en uno de los confesionarios de la Catedral, emprendió ese viaje lleno de ilusión y de incertidumbre hacia el pueblo de su novio.
Allí la esperaba su negrito, quien la recibió con todo el amor y la llevó a una casa -por los lados de La Cruz- donde solía guardar los aperos de su caballo, dejándola sola en una habitación todo el día, mientras el hacía las gestiones necesarias en la parroquia para casarse al día siguiente.
Llanto y llanto fue la constante durante esas horas. Lágrimas de arrepentimiento por la locura de dejar a su familia y el deseo amoroso de unirse a su novio, acompañaron a mamá en ese “cautiverio” obligado por las circunstancias de no poder dejarse ver de nadie. En el pueblo vivían unas amigas y parientes lejanas de la mamá Rosa, lo que les creaba un miedo muy grande a ser descubiertos.
A la mañana siguiente, muy a las cuatro, y con el padrinazgo de Evangelina, la maestra que la había llevado a Villa Paz y de José Chacón, su marido, unieron sus vidas, de verdad para siempre, el martes 8 de Marzo de 1949.
Una vez oficiada la ceremonia religiosa, y de celebrarla con un desayuno, como era de usanza, partieron no a una luna de miel en la costa o a una isla paradisíaca, sino a su nuevo hogar, en la misma vereda y en la misma casa donde se habian conocido.
El cambio de vida para una niña consentida y de ciudad, de modales finos y acostumbrada a los mimos y caricias de su mamá adoptiva, enfrentada ahora a una región fría y lluviosa, a unas cuñadas (seis) que la miraban con cierta burla y celo, por haber llegado a la vida de su hermano mayor
Sus suegros, que distaban mucho de mimarla, además de echarle de vez en cuando sus puyas por su condición de mujer de ciudad, sin conocimientos de campo y sin habilidades para los oficios propios de este, se lamentaban de que su hijo no hubiese buscado una “cocinera de hacienda”, con la que según ellos habría casado mejor.
Mientras tanto, en Bucaramanga, buscaban a la hija, por cielo y tierra, tratando de imaginar cual habría sido el rumbo tomado. Como las comunicaciones entonces no eran fáciles -los teléfonos de Bucaramanga aún eran de dos cifras- fue bien difícil encontrarla.
Después de medio día se les ocurrió llamar a Rionegro y hacer preguntar al párroco si sabía algo de Blanca. El cura, al ver el nombre completo, dio constancia que la había casado esa mañana. Ya no había remedio. A tener calma y a esperar que volviera, algo que hicieron como a los tres meses, con cierto recelo, pero siendo bien recibidos.
Fue para mi futura mamá un periodo de tiempo muy difícil, pues aunque papá la consentía, no fue capaz de poner en orden a su familia, permitiendo que cada vez que estaba sola, sus hermanas y padres la trataran con cierto desdén, con comentarios y desplantes muy feos.
Fueron a vivir luego a una finca, paradójicamente llamada Valparaíso -como se llamaría la última finca de los dos, al pasar el tiempo-, en el borde de las montañas que rodean a Misiguay.
A casi dos horas de camino del caserío, -donde después estuvimos viviendo-, en una soledad terrible y con un paisaje siempre nublado, donde la única visión grata era contemplar la cascada de casi doscientos metros que forma el rió Salamaga, al despeñarse desde una laguna encantada en el Cerro de La Guaricha, para caer al pequeño valle que hay en la zona central del territorio misiguayense.
No es posible imaginar la pesadumbre y tristeza del cambio de vida que se ganó mi mamá al casarse y más grave aún, sin tener a sus seres queridos al lado y sin poderlos visitar, contando solo con la presencia y el apoyo de su esposo que en esto último no era suficiente.
Unos meses después, mi papá en ciernes, fue nombrado Inspector de Policía en Galápagos, un corregimiento de la zona occidental de Rionegro, sitio donde las violencias, política y borrachoveredal, campeaban todos los días trayendo angustias en las horas vividas por Blanquita.
Cada fin de semana, era común levantar uno a más cadáveres de residentes allí o de algún parroquiano que apareciese por esos lares, además de encerrar algunos borrachitos que se ponían de ruana el caserío. La hombría del nuevo inspector fue probada el domingo siguiente a su llegada por un par de hermanos que acostumbraban, por deporte, sacar corriendo a los nuevos funcionarios de la ley.
Enfrentados con tranquilidad, pero al mismo tiempo con su fortaleza, zanjó la dificultad y acabó con la costumbre de probarle las “güevas” al nuevo corregidor, al punto que después se convirtieron en amigos, no solo de palabra, sino de hechos, respaldando su labor y ayudando a que reinara un poco de paz en esa zona.
De su permanencia en Galápagos, famoso por que en su jurisdicción se encuentra el famoso “León Dormido de América”, -según estudiosos, un volcán apagado-, Mamín conservó siempre una hebilla para cinturón, fabricada en plata y que le regaló Gabriel, un amigo entrañable que tuvo en esas tierras y que murió poco tiempo después de la renuncia de mi viejo al cargo de inspector.
Debido a la violencia política del año cincuenta, aún fresca la muerte de Gaitán, la situación se puso más tensa y prefirieron regresar. Fueron unos ocho meses de valentía para enfrentar situaciones a las que mi mamá no estaba acostumbrada.
Por entre las circunstancias de espacio y de tiempo, que rodeaban sus vidas, con residencias en la Colina, en Galanes, una vereda vecina a Berlín y al Valparaíso de ahora, y en Villa Paz, fueron pasando los años, hasta lograr Flaminio emplearse en el Tejar Moderno.
Era una empresa ladrillera de la zona sur de Bucaramanga, cuando el sur llegaba hasta la Pedregosa, y que surtía en buena parte a los constructores de mediados de los cincuenta. Así que nos fuimos a vivir, -yo ya venía en camino-, a una casita humilde en los alrededores de la fábrica, en los terrenos que hoy corresponden al barrio El Portón del Tejar, cerca del almacén del Exito Oriental.
Allí empecé a crecer en el vientre de mi mamá, causando una alegría inmensa en mis dos seres más preciados, pero generando también una incertidumbre en los ellos, por las dificultades de la gestación y del embarazo en si.
Mientras papá pasaba los días trabajando en un camión repartidor de ladrillo, mi madre esperaba mi crecimiento dentro de su barriguita y empezaban a hacerse ilusiones con su retoño.
Ganó mi papá, en el deseo que fuera un niño y dejó a mi mamá la libertad de escoger el nombre. Jesús por el milagro recibido y Antonio – me lo confesaría mucho tiempo después – en honor al primer amor de la escuela, un tocayo de San Andrés, hoy gran escritor y miembro de la Academia de Historia.
En un parto relativamente tranquilo, atendido por la señorita Rosa, una enfermera grande y gorda, que después conocí como dueña de la casa en la calle 28, llegué a contemplar la luz del sol por primera vez, antes de que este rayara por el Picacho, a las cuatro y treinta de la mañana de un sábado de Mayo.
Era el día 12 del mes de las madres, del año 56. Como regalo anticipado para el día especial y envuelto, no en la placenta, sino en una cinta roja que decía: PARA MI MADRE CON TODO CARIÑO, empecé mi contacto directo con este mundo.
La alegría grande de verme en la cuna, regocijó a mi papá y empezó ahí una relación papá-mamá-hijo que se convirtió después en una amistad de las buenas, especialmente con mí viejo, con quien compartí muchos pasos por los senderos de nuestro Santander. Por caminos campestres, en mañanas, tardes, noches y amaneceres, sobrios o ebrios, felices o tristes, pero juntos siempre, al compás de sus “Cuatro Milpas”, una canción que siempre silbaba o tarareaba mientras nos comíamos las distancias.
De Bucaramanga, y al poco tiempo de nacido, fuimos a vivir por unos días a Galanes, en una finca de mi abuelo, mientras mi mamá presentaba una solicitud a la Secretaría de Educación para ingresar otra vez al magisterio, del cual se había retirado por el embarazo, en una época en que no existía el seguro social y menos las licencias de maternidad.
Fue así como después de idas y venidas a la Gobernación, le comunicaron el nombramiento como maestra en propiedad de la escuela Rural de “La Chapa”, una vereda del municipio de Encino, en los límites sureños con Boyacá y distante seis horas a caballo desde Virolín, un caserío que esta adelante de Charalá, hasta donde se podía ir en carro. Para la época, eso era la otra punta del mundo.
Se hicieron maletas, se amarraron trastes y con la ilusión de volver a trabajar nos enrumbamos hacia un territorio desconocido, llevándome en brazos y recorriendo en un día entero la distancia entre Bucaramanga y las postrimerías de Santander, llegando casi al anochecer a un caserío pequeño, a instalarnos en una casa compartida con otra familia y a sufrir las inclemencias de un clima casi siempre lluvioso y muy frio.
Prontamente mis papás se hicieron al ambiente de la región. Con más facilidad mi papá, por ese espíritu aventurero y echao pa´lante que tenía. Empezó a congeniar con los vecinos y a colaborarles con remedios que solo el sabía, destinados a curar reses y cerdos del "Mazamorrón", nombre popular de la Fiebre Aftosa y que el sanaba con un rezo, algo increíble, aunque infalible.
Con fórmulas especiales para los dolores de estómago en las personas, con rezos para espantar el zorro come gallinas y muchas otras “especialidades” que lo hicieron apreciado en la zona, al punto de llamarlo “doctor” y de no permitirle siquiera el pensar en un traslado para mi mamá, algo que ya habían previsto.
Tuvieron que hacerlo calladamente, viniéndonos mi mamá y yo primero, regresando mi viejo por los “cutes”, explicando que era una decisión unilateral del Secretario de Educación.
El cambio de territorio se hizo porque las condiciones de vida no eran las mejores. Era una región muy pobre, incomunicada, de un clima malsano y la convivencia con la otra familia causaba inconvenientes malucos, como los de hacer el almuerzo en el mismo fogón y ver que al servirlo, la carne que se había echado a la olla de nuestra sopa había pasado “misteriosa y automáticamente” a la olla de nuestros cohabitantes.
Así que para evitar males mayores, se prefirió el regreso, esta vez a las laderas de la Mesa de los Santos, donde encontré el somnífero patrio de las tardes, -me dormía con el Hinmno Nacional de las seis de la tarde, en Radio Sutatenza- mientras mi mamá manejaba un grupo de alumnos que se convirtieron en ahijados casi todos, en una misión católica que hubo en esos días.
Mi papá mientras tanto, pescaba en el Chicamocha, acompañado de sus catorce compadres y con quienes muchas veces tuvo que ayudar a rescatar conductores heridos o muertos, de los camiones que en esa época, con frenos de guarapo, no eran capaces de tenerse en las faldas de Aratoca y se despeñaban hasta el río.
En estas tierras, llenas de ventiscas secas y tediosas en las tardes, las mismas que hoy ven pasar sobre ellas los cajoncitos del cable que une a Panachi con La Mesa, comienzan los recuerdos físicos de mi vida, los que recogió mi memoria paso a paso y hoy se amontonan en mi mente y que quise plasmar en unas cuantas hojas de papel para que no se olviden al partir.
La vida no comienza cuando se nace.
Se empieza a vivir, a sentir, a conocer el mundo desde el momento aquel, placentero casi siempre, de la gestación. Unidos los cuerpos de los padres carnalmente y unidas las semillas que cada uno aporta, comienza la vida.
Pero la mía empezó desde el día en que mis padres se conocieron. Por un lejano diciembre, el de 1948. Un poco más de siete años antes del nacimiento real.
A través de sus palabras, a través de todo lo que compartimos puedo estar seguro que viví con ellos antes de nacer. Aún antes de mi gestación. Y aún antes de su matrimonio. Quizá desde el momento en que se vieron por vez primera.
La señorita Blanca Graciela, había llegado esa tarde a Villa Paz, una vereda de Rionegro, acompañando a una amiga de su familia, maestra de ese sector, en plan de remplazar a otra maestra por unos días.
El galante y apuesto pretendiente –no son palabras mías- las tomé prestadas de los labios maternos, que se hacían cielo para referirse a él, vivía en una finca cercana al caserío, pero los fines de semana atendía la carnicería de allí que con una res completa, surtía el consumo de la semana de la región.
Parece ser que la atracción fue mutua e inmediata, iniciando a los pocos días una relación bien romántica, algo que se usaba mucho en el tiempo y en los corazones de los dos, amantes furibundos de la ternura, de los detalles, de las canciones, de las flores, de las caricias en palabras y del amor. Por eso por mi sangre corre esa costumbre que me impulsa a recoger una flor a la vera del camino para entregarla con el alma a quien me ama; a decirle una palabra bonita a una mujer o a cantar una poesía en cada mañana. Son cosas heredadas, así como tengo mucho de mis padres.
La semana pasó muy rápido y ella tuvo que regresar a Bucaramanga. Pero su corazón y su alma las dejó en ese muchachito campesino y rionegrano, que la ilusionó con su forma de ser. En su bolsillo quedó también un papel con la dirección de la casa en la ciudad, donde vivía con su hermana y su mamá, pero sin el apego cercano que si tenía por una prima de Florinda, doña Rosa Correa, a quien siempre consideró su mamá, a quien adoraba y que murió el año en que nací, sin poder conocer esas bondades de las que tanto me hablaría mi madre con el correr del tiempo.
Su noviazgo duró unos cuatro meses, con unas cinco o seis visitas furtivas del novio a los alrededores de la casa, viéndose a escondidas en una tienda, conversando no más de quince minutos, pues el celo de sus parientes era extremo, tan grande como el amor mutuo que sentían.
Todo esto aunado a la nostalgia que produce la lejanía, le hicieron soltar a él la petición de “¿te quieres casar conmigo?”, con una respuesta afirmativa de ella y el pensar en hacerlo a escondidas y en Rionegro.
Así que una mañana de lunes, Blanquita madrugó a misa de seis, acompañada de una vecina amiga de Florinda, a quien mandaban de cuidandera. Mi mamá se ingenio para que le hiciera una averiguación por los alrededores de la Sagrada Familia mientras ella la esperaba en la iglesia.
Apenas la señora volvió la espalda, la niña se fue al 4-3 –la estación de los taxis que viajaban al pueblo- y con una bolsa en la que llevaba un par de vestidos y que había sacado de la casa el domingo en la tarde, dejándola escondida en uno de los confesionarios de la Catedral, emprendió ese viaje lleno de ilusión y de incertidumbre hacia el pueblo de su novio.
Allí la esperaba su negrito, quien la recibió con todo el amor y la llevó a una casa -por los lados de La Cruz- donde solía guardar los aperos de su caballo, dejándola sola en una habitación todo el día, mientras el hacía las gestiones necesarias en la parroquia para casarse al día siguiente.
Llanto y llanto fue la constante durante esas horas. Lágrimas de arrepentimiento por la locura de dejar a su familia y el deseo amoroso de unirse a su novio, acompañaron a mamá en ese “cautiverio” obligado por las circunstancias de no poder dejarse ver de nadie. En el pueblo vivían unas amigas y parientes lejanas de la mamá Rosa, lo que les creaba un miedo muy grande a ser descubiertos.
A la mañana siguiente, muy a las cuatro, y con el padrinazgo de Evangelina, la maestra que la había llevado a Villa Paz y de José Chacón, su marido, unieron sus vidas, de verdad para siempre, el martes 8 de Marzo de 1949.
Una vez oficiada la ceremonia religiosa, y de celebrarla con un desayuno, como era de usanza, partieron no a una luna de miel en la costa o a una isla paradisíaca, sino a su nuevo hogar, en la misma vereda y en la misma casa donde se habian conocido.
El cambio de vida para una niña consentida y de ciudad, de modales finos y acostumbrada a los mimos y caricias de su mamá adoptiva, enfrentada ahora a una región fría y lluviosa, a unas cuñadas (seis) que la miraban con cierta burla y celo, por haber llegado a la vida de su hermano mayor
Sus suegros, que distaban mucho de mimarla, además de echarle de vez en cuando sus puyas por su condición de mujer de ciudad, sin conocimientos de campo y sin habilidades para los oficios propios de este, se lamentaban de que su hijo no hubiese buscado una “cocinera de hacienda”, con la que según ellos habría casado mejor.
Mientras tanto, en Bucaramanga, buscaban a la hija, por cielo y tierra, tratando de imaginar cual habría sido el rumbo tomado. Como las comunicaciones entonces no eran fáciles -los teléfonos de Bucaramanga aún eran de dos cifras- fue bien difícil encontrarla.
Después de medio día se les ocurrió llamar a Rionegro y hacer preguntar al párroco si sabía algo de Blanca. El cura, al ver el nombre completo, dio constancia que la había casado esa mañana. Ya no había remedio. A tener calma y a esperar que volviera, algo que hicieron como a los tres meses, con cierto recelo, pero siendo bien recibidos.
Fue para mi futura mamá un periodo de tiempo muy difícil, pues aunque papá la consentía, no fue capaz de poner en orden a su familia, permitiendo que cada vez que estaba sola, sus hermanas y padres la trataran con cierto desdén, con comentarios y desplantes muy feos.
Fueron a vivir luego a una finca, paradójicamente llamada Valparaíso -como se llamaría la última finca de los dos, al pasar el tiempo-, en el borde de las montañas que rodean a Misiguay.
A casi dos horas de camino del caserío, -donde después estuvimos viviendo-, en una soledad terrible y con un paisaje siempre nublado, donde la única visión grata era contemplar la cascada de casi doscientos metros que forma el rió Salamaga, al despeñarse desde una laguna encantada en el Cerro de La Guaricha, para caer al pequeño valle que hay en la zona central del territorio misiguayense.
No es posible imaginar la pesadumbre y tristeza del cambio de vida que se ganó mi mamá al casarse y más grave aún, sin tener a sus seres queridos al lado y sin poderlos visitar, contando solo con la presencia y el apoyo de su esposo que en esto último no era suficiente.
Unos meses después, mi papá en ciernes, fue nombrado Inspector de Policía en Galápagos, un corregimiento de la zona occidental de Rionegro, sitio donde las violencias, política y borrachoveredal, campeaban todos los días trayendo angustias en las horas vividas por Blanquita.
Cada fin de semana, era común levantar uno a más cadáveres de residentes allí o de algún parroquiano que apareciese por esos lares, además de encerrar algunos borrachitos que se ponían de ruana el caserío. La hombría del nuevo inspector fue probada el domingo siguiente a su llegada por un par de hermanos que acostumbraban, por deporte, sacar corriendo a los nuevos funcionarios de la ley.
Enfrentados con tranquilidad, pero al mismo tiempo con su fortaleza, zanjó la dificultad y acabó con la costumbre de probarle las “güevas” al nuevo corregidor, al punto que después se convirtieron en amigos, no solo de palabra, sino de hechos, respaldando su labor y ayudando a que reinara un poco de paz en esa zona.
De su permanencia en Galápagos, famoso por que en su jurisdicción se encuentra el famoso “León Dormido de América”, -según estudiosos, un volcán apagado-, Mamín conservó siempre una hebilla para cinturón, fabricada en plata y que le regaló Gabriel, un amigo entrañable que tuvo en esas tierras y que murió poco tiempo después de la renuncia de mi viejo al cargo de inspector.
Debido a la violencia política del año cincuenta, aún fresca la muerte de Gaitán, la situación se puso más tensa y prefirieron regresar. Fueron unos ocho meses de valentía para enfrentar situaciones a las que mi mamá no estaba acostumbrada.
Por entre las circunstancias de espacio y de tiempo, que rodeaban sus vidas, con residencias en la Colina, en Galanes, una vereda vecina a Berlín y al Valparaíso de ahora, y en Villa Paz, fueron pasando los años, hasta lograr Flaminio emplearse en el Tejar Moderno.
Era una empresa ladrillera de la zona sur de Bucaramanga, cuando el sur llegaba hasta la Pedregosa, y que surtía en buena parte a los constructores de mediados de los cincuenta. Así que nos fuimos a vivir, -yo ya venía en camino-, a una casita humilde en los alrededores de la fábrica, en los terrenos que hoy corresponden al barrio El Portón del Tejar, cerca del almacén del Exito Oriental.
Allí empecé a crecer en el vientre de mi mamá, causando una alegría inmensa en mis dos seres más preciados, pero generando también una incertidumbre en los ellos, por las dificultades de la gestación y del embarazo en si.
Mientras papá pasaba los días trabajando en un camión repartidor de ladrillo, mi madre esperaba mi crecimiento dentro de su barriguita y empezaban a hacerse ilusiones con su retoño.
Ganó mi papá, en el deseo que fuera un niño y dejó a mi mamá la libertad de escoger el nombre. Jesús por el milagro recibido y Antonio – me lo confesaría mucho tiempo después – en honor al primer amor de la escuela, un tocayo de San Andrés, hoy gran escritor y miembro de la Academia de Historia.
En un parto relativamente tranquilo, atendido por la señorita Rosa, una enfermera grande y gorda, que después conocí como dueña de la casa en la calle 28, llegué a contemplar la luz del sol por primera vez, antes de que este rayara por el Picacho, a las cuatro y treinta de la mañana de un sábado de Mayo.
Era el día 12 del mes de las madres, del año 56. Como regalo anticipado para el día especial y envuelto, no en la placenta, sino en una cinta roja que decía: PARA MI MADRE CON TODO CARIÑO, empecé mi contacto directo con este mundo.
La alegría grande de verme en la cuna, regocijó a mi papá y empezó ahí una relación papá-mamá-hijo que se convirtió después en una amistad de las buenas, especialmente con mí viejo, con quien compartí muchos pasos por los senderos de nuestro Santander. Por caminos campestres, en mañanas, tardes, noches y amaneceres, sobrios o ebrios, felices o tristes, pero juntos siempre, al compás de sus “Cuatro Milpas”, una canción que siempre silbaba o tarareaba mientras nos comíamos las distancias.
De Bucaramanga, y al poco tiempo de nacido, fuimos a vivir por unos días a Galanes, en una finca de mi abuelo, mientras mi mamá presentaba una solicitud a la Secretaría de Educación para ingresar otra vez al magisterio, del cual se había retirado por el embarazo, en una época en que no existía el seguro social y menos las licencias de maternidad.
Fue así como después de idas y venidas a la Gobernación, le comunicaron el nombramiento como maestra en propiedad de la escuela Rural de “La Chapa”, una vereda del municipio de Encino, en los límites sureños con Boyacá y distante seis horas a caballo desde Virolín, un caserío que esta adelante de Charalá, hasta donde se podía ir en carro. Para la época, eso era la otra punta del mundo.
Se hicieron maletas, se amarraron trastes y con la ilusión de volver a trabajar nos enrumbamos hacia un territorio desconocido, llevándome en brazos y recorriendo en un día entero la distancia entre Bucaramanga y las postrimerías de Santander, llegando casi al anochecer a un caserío pequeño, a instalarnos en una casa compartida con otra familia y a sufrir las inclemencias de un clima casi siempre lluvioso y muy frio.
Prontamente mis papás se hicieron al ambiente de la región. Con más facilidad mi papá, por ese espíritu aventurero y echao pa´lante que tenía. Empezó a congeniar con los vecinos y a colaborarles con remedios que solo el sabía, destinados a curar reses y cerdos del "Mazamorrón", nombre popular de la Fiebre Aftosa y que el sanaba con un rezo, algo increíble, aunque infalible.
Con fórmulas especiales para los dolores de estómago en las personas, con rezos para espantar el zorro come gallinas y muchas otras “especialidades” que lo hicieron apreciado en la zona, al punto de llamarlo “doctor” y de no permitirle siquiera el pensar en un traslado para mi mamá, algo que ya habían previsto.
Tuvieron que hacerlo calladamente, viniéndonos mi mamá y yo primero, regresando mi viejo por los “cutes”, explicando que era una decisión unilateral del Secretario de Educación.
El cambio de territorio se hizo porque las condiciones de vida no eran las mejores. Era una región muy pobre, incomunicada, de un clima malsano y la convivencia con la otra familia causaba inconvenientes malucos, como los de hacer el almuerzo en el mismo fogón y ver que al servirlo, la carne que se había echado a la olla de nuestra sopa había pasado “misteriosa y automáticamente” a la olla de nuestros cohabitantes.
Así que para evitar males mayores, se prefirió el regreso, esta vez a las laderas de la Mesa de los Santos, donde encontré el somnífero patrio de las tardes, -me dormía con el Hinmno Nacional de las seis de la tarde, en Radio Sutatenza- mientras mi mamá manejaba un grupo de alumnos que se convirtieron en ahijados casi todos, en una misión católica que hubo en esos días.
Mi papá mientras tanto, pescaba en el Chicamocha, acompañado de sus catorce compadres y con quienes muchas veces tuvo que ayudar a rescatar conductores heridos o muertos, de los camiones que en esa época, con frenos de guarapo, no eran capaces de tenerse en las faldas de Aratoca y se despeñaban hasta el río.
En estas tierras, llenas de ventiscas secas y tediosas en las tardes, las mismas que hoy ven pasar sobre ellas los cajoncitos del cable que une a Panachi con La Mesa, comienzan los recuerdos físicos de mi vida, los que recogió mi memoria paso a paso y hoy se amontonan en mi mente y que quise plasmar en unas cuantas hojas de papel para que no se olviden al partir.
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