lunes, 4 de junio de 2012
UNA PROMESA... UN COMPROMISO.
Mientras pasaba la noche empecé a recordar la vieja promesa que hicimos, con mi madre al Niño Dios y por allá en los años ochenta, cuando creímos que ya era hora de tener nuestra casa propia.
En la iglesia del barrio donde nos "regalara" una casita para guardar nuestras vidas, la existencia; para resguardar a mis hijos, sus nietos; para encontrar amaneceres sin afanes; allí, en esa iglesia haríamos la Novena de Aguinaldos mientras hubiera vída. Y la cumplió ella mientras acompañó mis pasos. Y la cumplí yo, mientras viví en Bucaramanga.
Pero era tiempo de revivir, de volver a esos recuerdos, a esa promesa.
La iglesia: Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, la que vió cambiar la cara de Bucaramanga desde el antes de la Diagonal Quince.
El tiempo: El viaje de reencuentro, de regreso, en una vacación que llevaba dos días.
Había llegado ese miércoles a mi ciudad, después de un viaje agradable, lleno de paisajes que se mezclaban entre la ilusión de volver. Me hacía falta la compañía de Vicky, siempre junto a mi, pero que en esta ocasión había quedado en Medellín pendiente de nuestras cosas.
La tarde, que ya empezaba a caer, me dejó ver de nuevo esa casa materna tan llena de añoranzas, el viejo barrio que casi ha perdido toda esa cualidad hogareña que le connocimos para dar paso a un comercio impersonal y avaro, llevándose con sevicia la nostalgia de los viejos tiempos.
Los abrazos con mis hijas me curaron del cansancio que se pega en el cuerpo cuando se viaja por una carretera recién cicatrizada de las heridas del invierno.
El volver a sentir el aroma de mi madre, a pesar de sus casi veinte años de ausencia y que se quedó perenne entre esas paredes y bajo ese techo, revivió de golpe aquella promesa.
A eso iba. A disfrutar de las madrugadas compañeras de los días de aguinaldos. A volver a sentir la brisa que un buen rato antes de las cinco de la mañana, acaricia los árboles y los sentimientos en su raudo volar buscando encontrarse con los arreboles de la Puerta del Sol.
Y esa noche previa, recostado entre un montón de nostalgias, quería dejar pasar las horas para sentir la alegría inmensa de repasar las calles que recorrí con mi viejita y muchas veces con mis hijos -que perezosos juveniles- no siempre nos acompañaban.
Cuando el gallo que canta en mi moderno despertador me habló de las cuatro de la mañana, abrí los ojos a ese momento largo que estaba empezando. Y abrí los oídos para escuchar la pólvora, que a menra de alboroto, despertaba antes a los "noveneros" madrugadores.
Ni un solo volador sonó. Mientras referescaba mi cuerpo en la ducha e ilusionado con que solo fuera una "cogida del tarde" del encargado de los cuetones, poco a poco acepté que muchas cosas han cambiado. Como antes, me preparé un café y esperé a que mi hija estuviera lista.
Salimos con Silvia, mi hija menor que contenta y cariñosa, quiso acompañarme a reencontrarme con la historia. Gladys, mi otra hija, se quedó en casita consintiendo una varicela traicionera.
La iglesia tampoco estaba tan llena como en otros años. Pero la alegría, esa sensación que no se explicar, era la misma. Disfruto a montones el canto de los villancicos, me vuelvo niño otra vez cuando contemplo la gente soñolienta, abrigada con mil colores, pero constante a una tradición y seguramente a promesas propias.
Sentí que mis viejos estaban acompañándome en ese templo que me había visto cada mañana decembrina tratando de no dejar morir las costumbres hermosas que el modernismo quiere acabar.
De pie, porque es otra autocondición en lo prometido, canté de nuevo todos esos villancicos con los que crecí, con los que alegré las mañanas de mis hijos tratando de despertarlos para esas novenas y esta vez fue Silvia quien pagó el importe de siempre. Un buñuelo o un pandeyuca con un café, en la puerta de la iglesia. Pero hasta eso ha cambiado. El sabor de las viandas se me hizo extraño.
Lo que no cambia es la dicha de encontrar viejos amigos a la salida de la misa, mientras la gente y el sol de la mañana se encuentran en el atrio grande, testigo de saludos y de abrazos con personas que volvemos a ver cuando llega ese tierno tiempo de los aguinaldos.
Parece raro escribir y leer notas decembrinas en plena mitad del año. Pero es bueno solazar las horas de un día de verano con palabras que nos transportan en el tiempo.Sueño con vivirla en la iglesia de mi Rionegro. Algún día será.Que bueno sería que esta costumbre tan santandereana llegara a otras regiones del pais. Eso hace cierta la frase tan trillada de "no saber lo que se tiene, hasta que se pierde"..... Ha sido una de las tradicones que más extraño en Antioquia. Y eso que en familia, nos turnamos para disfrutarla en la noche. Pero la mañanera tiene su encanto..!
sábado, 17 de marzo de 2012
VICTORIANO MACHUCA... EL ÚLTIMO VIAJE.
VICTORIANO MACHUCA... EL ÚLTIMO VIAJE.
·
Esta puede parecer una nota muy breve. Quizás si para todo lo que se podía escribir, recordando los buenos tiempos de mi infancia, cuando recién llegados a Berlín, empecé a consentir con los ojos esos carros que transportaban pasajeros, carga e ilusiones. Y viendo la amistad de mis padres con los dueños y conductores de esos carros, empecé a considerarme también su amigo.
Cuando a un niño de seis años, -en el campo- el conductor de la buseta que trajina el sendero de la vereda, lo saluda por su nombre, adquiere para siempre un amigo.
Ese fue VICTORIANO MACHUCA.
El trasegar semanal de mi padre a Bucaramanga, por cuenta del surtido para la cooperativa de la hacienda, siempre los viernes cuando coincidía con la ruta alargada a la ciudad, me permitió andar muchas veces en esa FORD de trompa combinada de rojo y crema, que esperábamos en la entrada de Berlín, frente a la ceiba inmensa.
Mientras los kilómetros se iban quedando atrás, pasando por debajo del chasís, mientras mi viejo conversaba con su amigo conductor, fui grabando en mi mente las curvas de la carretera, los colores de aquella chiva y un montón de recuerdos.
Después cambiamos de vereda, de clima y de contertulios. Pero era grato cuando viniendo de Misiguay, en La Virgen o en La Meseta, coincidíamos con ese racimo de gente que llenaba el carro consentido y admirado. Al rato habría un café en la plaza. Siempre, aún en los tiempos en que Victoriano dejó un poco la cabrilla para dedicarse a las tierras y al ganado, había tiempo para compartir un rato con mi viejo Flaminio, mientras conversaban de sus labores y sus metas.
Después, nosotros en Valparaiso, volvímos a viajar con él, pero ya no había ni tiempo ni espacio para conversar. Sardinas, estación que usábamos para esperar el transporte, está muy cerca de Rionegro y de ñapa, la buseta ya venía con el cupo supercompleto.
Ahora en Diciembre que pasé a saludarlo por su enfermedad, recordé con alegría todo ese cuaderno de anécdotas de viajes y tintos compartidos y que tienen cobija en el libro que estoy escribiendo.
Los años se van llevando fisicamente a los amigos, pero los recuerdos tallados en la mente se quedan para siempre.Ese día me despedí del amigo, pensando en estas letras. Hay circustancias, las físicas, que no tienen retorno. Como la partida al infinito. Pero hay otras, las espirituales, las intangibles, donde cabe la amistad, que van siempre con nosotros.
Gracias VICTORIANO MACHUCA por alegrar mi niñez con su buseta.
Gracias por ese saludo que me hacía sentir grande cuando apenas era un niño.
Gracias por la amistad con mis padres.
Que en este viaje hacia lo eterno vaya de la mano de Dios y la ruta esté llena de más alegrías que las vividas en la tierra..!
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Esta puede parecer una nota muy breve. Quizás si para todo lo que se podía escribir, recordando los buenos tiempos de mi infancia, cuando recién llegados a Berlín, empecé a consentir con los ojos esos carros que transportaban pasajeros, carga e ilusiones. Y viendo la amistad de mis padres con los dueños y conductores de esos carros, empecé a considerarme también su amigo.
Cuando a un niño de seis años, -en el campo- el conductor de la buseta que trajina el sendero de la vereda, lo saluda por su nombre, adquiere para siempre un amigo.
Ese fue VICTORIANO MACHUCA.
El trasegar semanal de mi padre a Bucaramanga, por cuenta del surtido para la cooperativa de la hacienda, siempre los viernes cuando coincidía con la ruta alargada a la ciudad, me permitió andar muchas veces en esa FORD de trompa combinada de rojo y crema, que esperábamos en la entrada de Berlín, frente a la ceiba inmensa.
Mientras los kilómetros se iban quedando atrás, pasando por debajo del chasís, mientras mi viejo conversaba con su amigo conductor, fui grabando en mi mente las curvas de la carretera, los colores de aquella chiva y un montón de recuerdos.
Después cambiamos de vereda, de clima y de contertulios. Pero era grato cuando viniendo de Misiguay, en La Virgen o en La Meseta, coincidíamos con ese racimo de gente que llenaba el carro consentido y admirado. Al rato habría un café en la plaza. Siempre, aún en los tiempos en que Victoriano dejó un poco la cabrilla para dedicarse a las tierras y al ganado, había tiempo para compartir un rato con mi viejo Flaminio, mientras conversaban de sus labores y sus metas.
Después, nosotros en Valparaiso, volvímos a viajar con él, pero ya no había ni tiempo ni espacio para conversar. Sardinas, estación que usábamos para esperar el transporte, está muy cerca de Rionegro y de ñapa, la buseta ya venía con el cupo supercompleto.
Ahora en Diciembre que pasé a saludarlo por su enfermedad, recordé con alegría todo ese cuaderno de anécdotas de viajes y tintos compartidos y que tienen cobija en el libro que estoy escribiendo.
Los años se van llevando fisicamente a los amigos, pero los recuerdos tallados en la mente se quedan para siempre.Ese día me despedí del amigo, pensando en estas letras. Hay circustancias, las físicas, que no tienen retorno. Como la partida al infinito. Pero hay otras, las espirituales, las intangibles, donde cabe la amistad, que van siempre con nosotros.
Gracias VICTORIANO MACHUCA por alegrar mi niñez con su buseta.
Gracias por ese saludo que me hacía sentir grande cuando apenas era un niño.
Gracias por la amistad con mis padres.
Que en este viaje hacia lo eterno vaya de la mano de Dios y la ruta esté llena de más alegrías que las vividas en la tierra..!
DE NIDOS y polluelos.
Esa mañana de sábado venía lluviosa desde la madrugada. El cielo plomizo invitaba a quedarse en la cama un ratico más. Pero la velocidad con que ahora se van las horas, hizo que nos levantáramos de una vez.
Cuando abrimos la cortina y la puerta del balcón, recordé que al frente, en una caja de distribución de cables que estaba amarrada a un poste, una tórtola había construido un nido que llevaba tal vez un par de semanas.
Enrumbé la mirada al lecho palomar y ahí estaba la madre tratando de proteger con sus alas a tres pichoncitos recien nacidos. Sus plumas, mojadas desde el alba, mostraban que era largo el rato que llevaba bajo esa llovizna pertinaz. Pero sus hijos estaban a salvo. Abrigaditos por su cuerpo y consentidos por un corazón responsable.
Pensé, recordando, que generalmente estas aves hacen sus nidos resguardados de las inclemencias del tiempo. De la lluvia, de la brisa o de los rayos directos del sol. Eso, al menos, era lo que siempre había visto. Bajo los aleros de una casa vieja, en el rellano de una ventana, detrás de las hojas de un frondoso árbol. Pero nunca "a cielo abierto".
Y empecé a comparar la situación de muchos seres que sin los medios para una vivienda digna, fuerte y abrigada, recurren a cualquier recodo en los senderos de la vida para armar cambuches que les permitan proteger, asi sea a medias, la vida y la crianza de sus hijos.
Mi café y el de Vicky ya se habían terminado sin notarlo. Estábamos absortos contemplando el ejemplo de vida y maternidad (o paternidad?.... porque no podría ser el palomo?) que el paisaje próximo nos mostraba.
Hay la convicción de que siempre en estos casos, es la madre la que protege. Pero cierto es también que hay padres que abren sus brazos y arropan, protegiendo de lluvias, de vientos y soles, hijos que esperan crecer para empezar a volar.
Hubiésemos querido subir hasta ese nido para proteger con algo a los polluelos y al ser que los estaba cubriendo. Y evitar asi que la lluvia siguiera haciendo daño en esos seres indefensos.
No había una escalera y de pronto, creímos porque ha pasado, que nuestra ayuda podria hacer huir a la paloma y dejar más solitarios a los polluelos.
La naturaleza, sabia o no, se comporta así.
Ya un poco de minutos se habían ido al pasado. Levantando un poco la vista, en un paisaje más distante, las comunas del oriente de Medellín nos mostraban, apeñuscado, otro montón de nidos que también bajo la lluvia, trataban de esquivar el ventarrón dañino de la desunión familiar, de los vicios y la desesperanza.
Allí los polluelos no se defienden con chillidos. Lo hacen con armas, a punta de plomo y de odio.
Nos dimos un abrazo y me senté a escribir.
Cuando abrimos la cortina y la puerta del balcón, recordé que al frente, en una caja de distribución de cables que estaba amarrada a un poste, una tórtola había construido un nido que llevaba tal vez un par de semanas.
Enrumbé la mirada al lecho palomar y ahí estaba la madre tratando de proteger con sus alas a tres pichoncitos recien nacidos. Sus plumas, mojadas desde el alba, mostraban que era largo el rato que llevaba bajo esa llovizna pertinaz. Pero sus hijos estaban a salvo. Abrigaditos por su cuerpo y consentidos por un corazón responsable.
Pensé, recordando, que generalmente estas aves hacen sus nidos resguardados de las inclemencias del tiempo. De la lluvia, de la brisa o de los rayos directos del sol. Eso, al menos, era lo que siempre había visto. Bajo los aleros de una casa vieja, en el rellano de una ventana, detrás de las hojas de un frondoso árbol. Pero nunca "a cielo abierto".
Y empecé a comparar la situación de muchos seres que sin los medios para una vivienda digna, fuerte y abrigada, recurren a cualquier recodo en los senderos de la vida para armar cambuches que les permitan proteger, asi sea a medias, la vida y la crianza de sus hijos.
Mi café y el de Vicky ya se habían terminado sin notarlo. Estábamos absortos contemplando el ejemplo de vida y maternidad (o paternidad?.... porque no podría ser el palomo?) que el paisaje próximo nos mostraba.
Hay la convicción de que siempre en estos casos, es la madre la que protege. Pero cierto es también que hay padres que abren sus brazos y arropan, protegiendo de lluvias, de vientos y soles, hijos que esperan crecer para empezar a volar.
Hubiésemos querido subir hasta ese nido para proteger con algo a los polluelos y al ser que los estaba cubriendo. Y evitar asi que la lluvia siguiera haciendo daño en esos seres indefensos.
No había una escalera y de pronto, creímos porque ha pasado, que nuestra ayuda podria hacer huir a la paloma y dejar más solitarios a los polluelos.
La naturaleza, sabia o no, se comporta así.
Ya un poco de minutos se habían ido al pasado. Levantando un poco la vista, en un paisaje más distante, las comunas del oriente de Medellín nos mostraban, apeñuscado, otro montón de nidos que también bajo la lluvia, trataban de esquivar el ventarrón dañino de la desunión familiar, de los vicios y la desesperanza.
Allí los polluelos no se defienden con chillidos. Lo hacen con armas, a punta de plomo y de odio.
Nos dimos un abrazo y me senté a escribir.
sábado, 3 de marzo de 2012
TULIA GABRIELA OSPINA....aquí hay un nieto más.
El cambio de ciudad para mi vivir hace siete años, me trajo, aunada a todas las alegrías de mi nueva situación afectiva, la de volver a contar entre mis cariños, con el de una ABUELA, nona, mamita o mama señora, según se quiera denominar.
Ya los años me habían quitado a Florinda en Agosto de 1973 y a Justina, en Julio de 1996. Maternal y paternalmente hablando, me quedé sin esos cariños, que tenían la característica de ser muy particulares. Ni en mi niñez siquiera, recuerdo caricias. Palabras si, y bocados especiales de sus manos bondadosas.
La primera tarde en Bello, compartiendo el noviazgo con Vicky y después de pasar el primer "susto" de conocer a mis suegros, me permitió también el primer saludo con doña Tulia Gabriela Ospina Arango.
Habíamos llegado de Puerto Berrío pasado el medio día. Luego de una Pilsen de manos de mi suegro, también de unas chuletas espectaculares a manera de almuerzo y una charla de sobremesa, mi amor me convidó a visitarla y a conocerla en su casa, que cerca del parque del pueblo, recibe cada vez que hay opotunidad -y sin haberla, también- todo el grupo de hijos, primos, nietos, biznietos, cuñados y amigos.
Muy formal, con esa educación de antes y una amabilidad sin límites, nos recibió en esa sala especial, "para visitas especiales", dijo.
Fuimos charlando, ella preguntando y yo narrándole pedacitos de mi vida y de mi tierra, mientras empezó el desfile de "nuevos" parientes que iban llegando en ese festivo patrio de Julio.
El día de mi matrimonio con María Victoria, fue ella la que bendijo mi camino en esa nueva etapa de vida. Una cermonia inolvidable y por la que eternamente le debo gratitud.
Desde siempre, es muy agradable pasar por su alar y compartir al frente de la cocina o de su máquina de coser, sus historias y sus cuitas. Con el infaltable ofrecimiento de un café sin azúcar y mi aceptación gustosa -a quién le dicen café?- empezamos las remembranzas.
Ella cuenta sus pedacitos de vida en esas veredas de Yarumal donde pasó sus primeros años. Cuenta su matrimonio con don Pedro Luís Gómez, los partos de sus hijos desde Hugo hasta Astrid Helena, diez en total. El acompañamiento a su marido en sus aventuras de trabajo en la minería del nordeste antioqueño, cuando la violencia todavía no teñía de sangre los ríos que brillaban en el fondo con aguas y arenas cristalinas.
Cuenta de allá y cuenta de acá. Le gusta narrar su caminar por la vida. Y dice que ahora la vida es más fácil. Pero menos grata.
De acá cuenta su primera venida a vivir a Bello y su regreso a Yarumal por unas condiciones económicas difíciles. Y su vuelta definitiva para enraízar aquí, donde ha visto crecer su descendencia, donde ha ayudado a criar nietos y biznietos, donde siempre hay un bocado para el visitante, donde la bondad de su corazón llena de alegría a quienes vamos por allí.
En esa casa donde se festeja todo lo que pasa por el calendario familiar de las celebraciones.
Ahí donde me permitieron traer un Día de la Madre, a UNA SIGÓLOCA MUY CUERDA, que les habló de la sexualidad femenina desde Eva hasta nuestros días. Para la celebración del Padre y contando con la hermosa colaboración de mi mujercita, presentamos la ANTIOQUEÑISANTANDEREANIDAD, donde un legumbrero paisa enamora entre las ventas a una muchacha santandereana.
Cuando vienen sus hijos que andan en el extranjero, es allí donde se celebra la llegada y luego la despedida. Con músicos o sin músicos. Las novenas de aguinaldos, los cumpleaños, las navidades, los años nuevos, los viejos, bautizos, desfiles, paseos, todo sale desde la casa de Tulia.
Allí, mientras pintaba el mural de LAS FLORES, EL GATO Y EL PERRO que hay en el patio fresco y querendón, disfrutamos del segundo triunfo de la seguridad colombiana. Porque también es Uribista.
Y cuando vamos, cada semana, no hay nada mejor que disfrutar de sus "aguachildren" como llama a unas sopas-caldo que me encantan con la arepa migada y traen muchos recuerdos de mi caldo santandereano.
Y por más que le han insistido todos para que me diga Chucho, como todos lo hacen, sigue llamándome como Don Jesús, dando una muy sencilla pero diciente razón: "....me enseñaron a ser educada..."
Dios le bendiga por muchos años más. Hace poco celebramos su año número ochenta y siete y nadie sabe donde los tiene guardados. Su vitalidad, su elegancia para vestir, su don de gentes y su educación para conversar la hacen toda una SEÑORA ANTIOQUEÑA. Pero sin tantos años. Parece que anduviera en los sesenta.
Y su alegría es más notable cuando vamos y dejo pasar las horas enredadas entre sus palabras de remembranza y nostalgia, que también traen adheridos pedacitos de enseñanza. Algo que es muy de los abuelos, llenos de experiencia y de cicatrices de la vida.
Gracias Mamita, gracias Doña Tulia por dejarme ser un nieto más. Y por tanto cariño que recibo siempre de su corazón.
En el cumpleaños, a mediados de Febrero, aunque no alcancé a "cantarla" en vivo, si le hice una trova que remata con algo que para ella fue el mejor regalo.
Vamos a cantar aquí / a Doña Tulia Gabriela,
con los hijos y los nietos / de todos la gran abuela.
Que sea un Feliz Cumpleaños / que todos le deseemos
y esta es la primera vez / que nosotros no bebemos..!
Y todo fue con mucho gusto. La trova, la nota y la celebración de su cumpleaños sin trago..!
Ya los años me habían quitado a Florinda en Agosto de 1973 y a Justina, en Julio de 1996. Maternal y paternalmente hablando, me quedé sin esos cariños, que tenían la característica de ser muy particulares. Ni en mi niñez siquiera, recuerdo caricias. Palabras si, y bocados especiales de sus manos bondadosas.
La primera tarde en Bello, compartiendo el noviazgo con Vicky y después de pasar el primer "susto" de conocer a mis suegros, me permitió también el primer saludo con doña Tulia Gabriela Ospina Arango.
Habíamos llegado de Puerto Berrío pasado el medio día. Luego de una Pilsen de manos de mi suegro, también de unas chuletas espectaculares a manera de almuerzo y una charla de sobremesa, mi amor me convidó a visitarla y a conocerla en su casa, que cerca del parque del pueblo, recibe cada vez que hay opotunidad -y sin haberla, también- todo el grupo de hijos, primos, nietos, biznietos, cuñados y amigos.
Muy formal, con esa educación de antes y una amabilidad sin límites, nos recibió en esa sala especial, "para visitas especiales", dijo.
Fuimos charlando, ella preguntando y yo narrándole pedacitos de mi vida y de mi tierra, mientras empezó el desfile de "nuevos" parientes que iban llegando en ese festivo patrio de Julio.
El día de mi matrimonio con María Victoria, fue ella la que bendijo mi camino en esa nueva etapa de vida. Una cermonia inolvidable y por la que eternamente le debo gratitud.
Desde siempre, es muy agradable pasar por su alar y compartir al frente de la cocina o de su máquina de coser, sus historias y sus cuitas. Con el infaltable ofrecimiento de un café sin azúcar y mi aceptación gustosa -a quién le dicen café?- empezamos las remembranzas.
Ella cuenta sus pedacitos de vida en esas veredas de Yarumal donde pasó sus primeros años. Cuenta su matrimonio con don Pedro Luís Gómez, los partos de sus hijos desde Hugo hasta Astrid Helena, diez en total. El acompañamiento a su marido en sus aventuras de trabajo en la minería del nordeste antioqueño, cuando la violencia todavía no teñía de sangre los ríos que brillaban en el fondo con aguas y arenas cristalinas.
Cuenta de allá y cuenta de acá. Le gusta narrar su caminar por la vida. Y dice que ahora la vida es más fácil. Pero menos grata.
De acá cuenta su primera venida a vivir a Bello y su regreso a Yarumal por unas condiciones económicas difíciles. Y su vuelta definitiva para enraízar aquí, donde ha visto crecer su descendencia, donde ha ayudado a criar nietos y biznietos, donde siempre hay un bocado para el visitante, donde la bondad de su corazón llena de alegría a quienes vamos por allí.
En esa casa donde se festeja todo lo que pasa por el calendario familiar de las celebraciones.
Ahí donde me permitieron traer un Día de la Madre, a UNA SIGÓLOCA MUY CUERDA, que les habló de la sexualidad femenina desde Eva hasta nuestros días. Para la celebración del Padre y contando con la hermosa colaboración de mi mujercita, presentamos la ANTIOQUEÑISANTANDEREANIDAD, donde un legumbrero paisa enamora entre las ventas a una muchacha santandereana.
Cuando vienen sus hijos que andan en el extranjero, es allí donde se celebra la llegada y luego la despedida. Con músicos o sin músicos. Las novenas de aguinaldos, los cumpleaños, las navidades, los años nuevos, los viejos, bautizos, desfiles, paseos, todo sale desde la casa de Tulia.
Allí, mientras pintaba el mural de LAS FLORES, EL GATO Y EL PERRO que hay en el patio fresco y querendón, disfrutamos del segundo triunfo de la seguridad colombiana. Porque también es Uribista.
Y cuando vamos, cada semana, no hay nada mejor que disfrutar de sus "aguachildren" como llama a unas sopas-caldo que me encantan con la arepa migada y traen muchos recuerdos de mi caldo santandereano.
Y por más que le han insistido todos para que me diga Chucho, como todos lo hacen, sigue llamándome como Don Jesús, dando una muy sencilla pero diciente razón: "....me enseñaron a ser educada..."
Dios le bendiga por muchos años más. Hace poco celebramos su año número ochenta y siete y nadie sabe donde los tiene guardados. Su vitalidad, su elegancia para vestir, su don de gentes y su educación para conversar la hacen toda una SEÑORA ANTIOQUEÑA. Pero sin tantos años. Parece que anduviera en los sesenta.
Y su alegría es más notable cuando vamos y dejo pasar las horas enredadas entre sus palabras de remembranza y nostalgia, que también traen adheridos pedacitos de enseñanza. Algo que es muy de los abuelos, llenos de experiencia y de cicatrices de la vida.
Gracias Mamita, gracias Doña Tulia por dejarme ser un nieto más. Y por tanto cariño que recibo siempre de su corazón.
En el cumpleaños, a mediados de Febrero, aunque no alcancé a "cantarla" en vivo, si le hice una trova que remata con algo que para ella fue el mejor regalo.
Vamos a cantar aquí / a Doña Tulia Gabriela,
con los hijos y los nietos / de todos la gran abuela.
Que sea un Feliz Cumpleaños / que todos le deseemos
y esta es la primera vez / que nosotros no bebemos..!
Y todo fue con mucho gusto. La trova, la nota y la celebración de su cumpleaños sin trago..!
sábado, 10 de diciembre de 2011
LLEGA DICIEMBRE
Llega Diciembre, con su bullicio y sus esperanzas
marcando el tiempo de las sonrisas....
llega la aurora de nuestros sueños,
los infantiles y los de ahora....
llegan cantando los dulces tiempos,
donde se vuelve mas tierno el sueño
y en las quimeras de nuestra vida,
siempre hay recuerdos que nos sonrien
desde la historia de aquel ayer.
Vuelve la mente a pasados años,
a esa infancia que se nos fue
dejando en la casa vieja,
cada recuerdo de pilatunas
que fueron causa de algún regaño,
de aquella "furia" de la mamá....
y sonreímos, con picardía,
y en nuestro rostro bien se dibuja
un sol ardiente de fiel vergüenza,
que nos condena ante el altar.
Fuimos infantes de gratos sueños,
cantamos, nos revolcamos
en esa calle de las miradas
hacia el futuro del frenesí....
pero esos días fueron pasando,
volvimos grande nuestra pasión
y la entregamos a otras almas,
fuimos al cielo y regresamos
y a estas horas, de mustio encanto
llega Diciembre, llega cantando
y nos volvemos a la niñez.
marcando el tiempo de las sonrisas....
llega la aurora de nuestros sueños,
los infantiles y los de ahora....
llegan cantando los dulces tiempos,
donde se vuelve mas tierno el sueño
y en las quimeras de nuestra vida,
siempre hay recuerdos que nos sonrien
desde la historia de aquel ayer.
Vuelve la mente a pasados años,
a esa infancia que se nos fue
dejando en la casa vieja,
cada recuerdo de pilatunas
que fueron causa de algún regaño,
de aquella "furia" de la mamá....
y sonreímos, con picardía,
y en nuestro rostro bien se dibuja
un sol ardiente de fiel vergüenza,
que nos condena ante el altar.
Fuimos infantes de gratos sueños,
cantamos, nos revolcamos
en esa calle de las miradas
hacia el futuro del frenesí....
pero esos días fueron pasando,
volvimos grande nuestra pasión
y la entregamos a otras almas,
fuimos al cielo y regresamos
y a estas horas, de mustio encanto
llega Diciembre, llega cantando
y nos volvemos a la niñez.
RETAZOS DE MI VIDA INFANTIL
La zona de atención al público de la Cooperativa de Consumo de la Hacienda Berlín, en Rionegro, me dió la oportunidad de hacer, tal vez mis primeros solitos en lo que sería mi profesión. Después de gastar muchas cajas de tiza pintando carreteras y camiones en el piso de la escuela, actividad que me alcahueteaban comprando tiza extra para los alumnos, mientras yo gastaba la que entregaba la Secretaría de Educación, se me ocurrió, con los cartones de las cajas de mercancía hacer unos avisos relacionados con el comportamiento de los clientes en el local del mercado.
“De su cultura depende la atención”, “Su cultura vale más que su dinero”, “Si viene a fiar, carrera mar”, etc., eran frases que había visto en las pocas veces que había subido a un bus urbano. Las trasladé desde mi mente y con lapicero a esos pedazos de cartón y los colgué en la malla que servía de división entre la oficina y el área de clientes. Una tarde de sábado que pasó don Ernesto Sanmiguel por la tienda, le manifestó a mi mamá “su hijo será publicista”. No estaba equivocado, pues esa ha sido mi profesión durante casi treinta años y me ha permitido vivir y criar a mis tres hijos. No tengo dinero pero si muchas satisfacciones espirituales, que si bien no dan “caché”, si permiten al hombre vivir con la satisfacción del deber cumplido y haciendo lo qué le gusta. En tanto tiempo se han hecho tantas cosas y pintado tantas letras que el corazón se siente bien.
En esos diciembres se hacía no solo el pesebre de la casa sino uno para la cooperativa. Con unas imágenes grandes de plástico del TALLER ITALIANO y un montón de ovejas, además del tradicional chamizo forrado en algodón que servía como árbol de navidad, se montaba en la ventana que daba contra el sector de las carnes, con vista hacia la oficina. Allí se rezaba la Novena de Aguinaldos, la que creo he oído, rezado y disfrutado durante toda mi vida. Participaban en el rezo y en los cánticos de los villancicos, los obreros directos de la hacienda, sus familias y los vecinos más cercanos. Después de las oraciones tradicionales escuchábamos cuentos, historias y chistes de aquellos campesinos que siempre, con una inocencia especial, saben vivir esos momentos llenos de alegría. Eran ratos también para aprovechar y ganar las apuestas de los aguinaldos, que generalmente se pagaban ahí mismo, pues lo ganado por todos eran viandas y refrescos que allí se vendían.
Con la venta de vinos y galletas y de mucha pólvora, esos fines de año eran en medio de mi niñez campesina, mucho mejores que los de ahora. Con Mamín -el apodo que le habían puesto mis primas a mi viejo- nos entusiasmaba, comprar él y disfrutar yo, la quema de cartones enteros de martinicas entre los tarros metálicos de las galletas, los cuales tapados y llenos de pólvora, saltaban de tumbo en tumbo para delicia de nuestros ojos.
Llegaba ya el año 66 en el que hice mi segundo elemental, oficialmente matriculado y sentado en un pupitre particular que me había comprado mi papá. Solo lo use unos días, pues me gustaba más estar sentado al lado de Lilia, a quien ya describí, o de Lucila Nova, una morenita consentida de mi mamá y de quien hay una foto en el álbum familiar. Siempre me ha gustado ser amable y gentil con las mujeres y ahí tenía una oportunidad, ayudándoles casi siempre en cosas de dibujo, además de disfrutar de sus sonrisas, de sus miradas y de sus palabras cariñosas y tiernas.
Para la primera lección, una de Geografía, que tenia que ver con la orientación, le pedí, le rogué, le supliqué a mi mama profesora, me la tomara en privado. Y que así hiciera con todas las lecciones. Me daba pánico hablar en público y más si era de memoria. No fue posible, y en medio de un terrible y enorme oso, me gané el primer cinco, porque no solo recité muy bien la lección sino que me aficioné desde ese momento al estudio de una materia que me ha permitido imaginarme y conocer muchas partes del mundo sin viajar.
Así comencé mi etapa estudiantil que terminaría a finales de los setenta, en un segundo semestre de Administración de Empresas, hecho sin ganas y con la tristeza de haber dejado de lado la Ingeniería de Vías y Transportes, carrera que siempre fue una ilusión para mi y que me prohibí yo mismo al adquirir responsabilidades de hogar, muy tempraneras.
“De su cultura depende la atención”, “Su cultura vale más que su dinero”, “Si viene a fiar, carrera mar”, etc., eran frases que había visto en las pocas veces que había subido a un bus urbano. Las trasladé desde mi mente y con lapicero a esos pedazos de cartón y los colgué en la malla que servía de división entre la oficina y el área de clientes. Una tarde de sábado que pasó don Ernesto Sanmiguel por la tienda, le manifestó a mi mamá “su hijo será publicista”. No estaba equivocado, pues esa ha sido mi profesión durante casi treinta años y me ha permitido vivir y criar a mis tres hijos. No tengo dinero pero si muchas satisfacciones espirituales, que si bien no dan “caché”, si permiten al hombre vivir con la satisfacción del deber cumplido y haciendo lo qué le gusta. En tanto tiempo se han hecho tantas cosas y pintado tantas letras que el corazón se siente bien.
En esos diciembres se hacía no solo el pesebre de la casa sino uno para la cooperativa. Con unas imágenes grandes de plástico del TALLER ITALIANO y un montón de ovejas, además del tradicional chamizo forrado en algodón que servía como árbol de navidad, se montaba en la ventana que daba contra el sector de las carnes, con vista hacia la oficina. Allí se rezaba la Novena de Aguinaldos, la que creo he oído, rezado y disfrutado durante toda mi vida. Participaban en el rezo y en los cánticos de los villancicos, los obreros directos de la hacienda, sus familias y los vecinos más cercanos. Después de las oraciones tradicionales escuchábamos cuentos, historias y chistes de aquellos campesinos que siempre, con una inocencia especial, saben vivir esos momentos llenos de alegría. Eran ratos también para aprovechar y ganar las apuestas de los aguinaldos, que generalmente se pagaban ahí mismo, pues lo ganado por todos eran viandas y refrescos que allí se vendían.
Con la venta de vinos y galletas y de mucha pólvora, esos fines de año eran en medio de mi niñez campesina, mucho mejores que los de ahora. Con Mamín -el apodo que le habían puesto mis primas a mi viejo- nos entusiasmaba, comprar él y disfrutar yo, la quema de cartones enteros de martinicas entre los tarros metálicos de las galletas, los cuales tapados y llenos de pólvora, saltaban de tumbo en tumbo para delicia de nuestros ojos.
Llegaba ya el año 66 en el que hice mi segundo elemental, oficialmente matriculado y sentado en un pupitre particular que me había comprado mi papá. Solo lo use unos días, pues me gustaba más estar sentado al lado de Lilia, a quien ya describí, o de Lucila Nova, una morenita consentida de mi mamá y de quien hay una foto en el álbum familiar. Siempre me ha gustado ser amable y gentil con las mujeres y ahí tenía una oportunidad, ayudándoles casi siempre en cosas de dibujo, además de disfrutar de sus sonrisas, de sus miradas y de sus palabras cariñosas y tiernas.
Para la primera lección, una de Geografía, que tenia que ver con la orientación, le pedí, le rogué, le supliqué a mi mama profesora, me la tomara en privado. Y que así hiciera con todas las lecciones. Me daba pánico hablar en público y más si era de memoria. No fue posible, y en medio de un terrible y enorme oso, me gané el primer cinco, porque no solo recité muy bien la lección sino que me aficioné desde ese momento al estudio de una materia que me ha permitido imaginarme y conocer muchas partes del mundo sin viajar.
Así comencé mi etapa estudiantil que terminaría a finales de los setenta, en un segundo semestre de Administración de Empresas, hecho sin ganas y con la tristeza de haber dejado de lado la Ingeniería de Vías y Transportes, carrera que siempre fue una ilusión para mi y que me prohibí yo mismo al adquirir responsabilidades de hogar, muy tempraneras.
domingo, 6 de noviembre de 2011
CRONICAS DE CAMINOS Y CARRTERAS.
Por aquellos dias, casi terminando el año escolar de 1972 y con un segundo bachillerato en buenas condiciones, se presentó un asueto en las actividades del colegio y ni corto ni perezoso programé una ida a Misiguay para compartir con mi viejo que aún tenía a Honduras, esa finca "cafeteroganadera" que le quitaba muchas horas de su tiempo laboral.
El transporte a la vereda era muy irregular entonces.
Lusitania prestaba el servicio diario desde Bucaramanga, pero lo hacía con unas chivas muy pequeñas. La Iguana y La Guanábana, recordadas por muchos, que tenían como "pilotos" a Ricardo Amorocho y a Olinto Mantilla; montadas sobre chasis de camioneta tipo 100, Chevrolet 53 las dos , tenían un horario muy tempranero para mi disponibilidad de tiempo y espacio.
La otra ruta era prestada por El Lechero, un camióncito de estacas, International tipo 300 modelo 71, manejado por Nicasio Peña, amigo de mi papá y especializado en desbarajustar carros como por tarea. De hecho, este carro blanco, con solo un año de uso, ya mostraba las "habilidades" de su chofer.
En la cabina eran más los detalles ausentes que los originales del concesionario. Las manecillas de las puertas, las ventanillas abatibles o cortavientos, muchos de los "relojes" de control, las viseras del techo, los tapetes y la elegancia del sillín, hacía rato brillaban por su ausencia.
Lo único bueno, funcionando perfectamente entre tanta debacle, era un "pasacintas" con lucesitas, bien equipado con casettes de "rancheras ventiadas" que sonaban a todo dar en los recorridos mañaneros, recogiendo en cada aparte de caminos a las fincas, la leche recién ordeñada, para llevarla a la ciudad; o de regreso en las tardes hacia la vereda.
Esa, la tarde de ese jueves contacté a Nicasio para que pasara por la casa y me enrumbé hacia esa tierra que me había visto crecer durante seis años, donde tuve una emisora, aprendí a jugar futbol, hice mi primaria y disfruté de "las primeras mieles del amor".
Calculé que llegaríamos a las cuatro de la tarde más o menos al caserío y destinaría otra media hora para recorrer a pie los dos kilometros de carrtera hasta la quebrada Cedrillera, por la via hacia Los Alpes y Tequendama, fincas que fueron de Gilberto Rueda García, otro de los Tres Mosqueteros de la región; y subir luego por entre el cafetal de La Cabaña, desde la quebrada asustadora en tardes y en invierno.
Su abundante vegetación que formaba túneles naturales la hacía oscura y era muy fácil recordar historias de "berrionas" y otras vainas, referidas por el viejo en esas noches de tertulias campesinas.
Pero no contaba con que El Lechero tenía que ir hasta un punto de la carretera a Cuesta Rica para recoger una vaca y su cría, que algún vecino veredal había comprado por allá.
Así que el periplo se alargó. El casette de Antonio Aguilar, lleno de canciones alusivas a caballos de todos los colores, dio dos vueltas completas.
Estacionados a la orilla de la carretera, esperamos por bastante tiempo los nuevos pasajeros. Algún inconveniente pastoril retrasó un par de horas la llegada, así que los últimos minutos de la tarde empezaron a tornar en sombra el paisaje que había dibujado el sol desde la mañana.
Mientras esperábamos mirando el paisaje agreste y ventisquero, el conductor, una señora que iba para la finca de los Gelves y yo; alcanzaron a pasar por el escenario "pasacíntico" Cuco Sánchez cantando al ritmo de la guitarra de Antonio Birbiesca, algunas carrileras de un montón de hermanas, -las Padilla, las Calle- , con las Alondras, las Gaviotas y otros duetos femeninos.
José Alfredo Jiménez nos contó y nos cantó con su voz aguardientosa la historia de "una piedra en el camino" que le enseñó que su destino era "rodar y rodar". Antonio Aguilar de nuevo, pero no cantándole a los "jácaros" sino a las Noches Tenebrosas que me hacía pensar en la próxima subida por la Cedrillera, seguramente bien entrada la noche.... "cuando las once y media en un reloj tal vez serían"...... y la vaca, nada que llegaba.
Al fin llegó y logramos embarcarla, para arrancar de regreso a Pto. Arturo y emprender los nueve kilomentros de cuestas y trocha hasta el caserío de Misiguay. Entonces, ya se habían ido los arreboles que se forman cada tarde en el cielo sobtre el Rio Magdalena y que uno ve ahí, "cerquitica". Un montón de estrellas -incluído el bueyero guía- ya estaba titilando, saltando juiciosas bajo el firmamento.
Las subídas de Matecacao, San Agustín y El Cristal las recorrimos escuchando a Julio Jaramillo, que decía entre lamentos "no me toquen ese vals porque me mata", a Olimpo Cárdenas lleno de Temeridad y a Lupe y Polo que ya habían conseguido Dos pasajes para irse a otras tierras con su prieta querida.
En la Cristalina, la tienda descansadora de la cuesta, nos tomamos una cerveza para mitigar el calor que no era comun en esas tierras y a esas horas. Dejé disimuladamente los residuos líquidos de mis riñones contra un matarratón que sostenía las cuerdas espinosas de una cerca de potrero, recordé que "por el camino del sitio mío, un carrtero alegre cantó" a la Luz Marina que vivía más abajo de la tienda. Volvimos al camión y recorrimos la travesía de El Coco, La Guamaleña y La Cabros en media hora.
Llegamos hasta la gruta de la Virgen del Pocillo, la misma que habían encontrado en un pozo de la quebrada cercana y en un barranco desembarcamos los pasajeros mamíferos, frente a la casa de Federico González, un personaje típico de allí.
Fue ahí cuando apareció don Alonso Rodríguez, linterna en mano y ofreciéndome -noble y buen amigo como siempre- la hospitalidad de su casa, para que no arriesgara un susto con las "mechudas que aparecen en la curva de la escuela vieja, la escuela de doña Inés", me dijo.
Volví entonces a entrar en esa casa de zaguán y patio interior donde los caracuchos, los zagalejos y alguna dalia le daban color a la estancia. Ya había estado allí otra gente de ingrata recordación para la vereda, gracias a una trampa que querían hacerle a ese ser bonachón y servicial que siempre tenía un consejo para todos, en palabras que mezclaban el respeto y una sonrisa que parecía estar "mamándole gallo" al aconsejado.
Ya recuperada su tierra y su casa, seguía allí para continuar siendo faro y guía de la región en un acuerdo tácito que había hecho con mi papá y con Gilberto Rueda, pero que este abandonó porque le tocó irse a colaborar en las obras del más allá, una madrugada de lunes en que rodó con su campero Willis y un amigo, desde la carretera hasta el lecho de la Quebrada la Pajuila, abajo de la tienda de Los Colorados.
Leonor, esposa de don Alonso, hija de Rosario Nieto, la partera de la vereda; me preparó en minutos un caldo de papa con arepa de pelao con lo que calmé la angustia estomacal y la de tener que subir solo por esos caminos llenos de mitos, espantos y sustos imaginados en un santiamén.
Conversando de mucho y de todo, don Alonso ya me estaba contando la historia de "la primera palada de tierra que moví para comenzar la construcción de la carretera en Pto. Arturo"..... cuando llegó mi papá. El instinto de padre, de sangre, lo hizo pensar que yo andaba por allí, aventurando en una noche de estrellas y corrió a brindarme protección. Compartimos un tinto más con su amigo y mi amigo, nos despedimos y caminando "conversadito" nos fuimos para Honduras.
Ya se me había quitado el miedo.
Es que iba hombro a hombro con el ser que más admiré siempre, entre otras cosas, por valiente. Y así, nadie tiene porque sentir miedo.
Por aquellos dias, casi terminando el año escolar de 1972 y con un segundo bachillerato en buenas condiciones, se presentó un asueto en las actividades del colegio y ni corto ni perezoso programé una ida a Misiguay para compartir con mi viejo que aún tenía a Honduras, esa finca "cafeteroganadera" que le quitaba muchas horas de su tiempo laboral.
El transporte a la vereda era muy irregular entonces.
Lusitania prestaba el servicio diario desde Bucaramanga, pero lo hacía con unas chivas muy pequeñas. La Iguana y La Guanábana, recordadas por muchos, que tenían como "pilotos" a Ricardo Amorocho y a Olinto Mantilla; montadas sobre chasis de camioneta tipo 100, Chevrolet 53 las dos , tenían un horario muy tempranero para mi disponibilidad de tiempo y espacio.
La otra ruta era prestada por El Lechero, un camióncito de estacas, International tipo 300 modelo 71, manejado por Nicasio Peña, amigo de mi papá y especializado en desbarajustar carros como por tarea. De hecho, este carro blanco, con solo un año de uso, ya mostraba las "habilidades" de su chofer.
En la cabina eran más los detalles ausentes que los originales del concesionario. Las manecillas de las puertas, las ventanillas abatibles o cortavientos, muchos de los "relojes" de control, las viseras del techo, los tapetes y la elegancia del sillín, hacía rato brillaban por su ausencia.
Lo único bueno, funcionando perfectamente entre tanta debacle, era un "pasacintas" con lucesitas, bien equipado con casettes de "rancheras ventiadas" que sonaban a todo dar en los recorridos mañaneros, recogiendo en cada aparte de caminos a las fincas, la leche recién ordeñada, para llevarla a la ciudad; o de regreso en las tardes hacia la vereda.
Esa, la tarde de ese jueves contacté a Nicasio para que pasara por la casa y me enrumbé hacia esa tierra que me había visto crecer durante seis años, donde tuve una emisora, aprendí a jugar futbol, hice mi primaria y disfruté de "las primeras mieles del amor".
Calculé que llegaríamos a las cuatro de la tarde más o menos al caserío y destinaría otra media hora para recorrer a pie los dos kilometros de carrtera hasta la quebrada Cedrillera, por la via hacia Los Alpes y Tequendama, fincas que fueron de Gilberto Rueda García, otro de los Tres Mosqueteros de la región; y subir luego por entre el cafetal de La Cabaña, desde la quebrada asustadora en tardes y en invierno.
Su abundante vegetación que formaba túneles naturales la hacía oscura y era muy fácil recordar historias de "berrionas" y otras vainas, referidas por el viejo en esas noches de tertulias campesinas.
Pero no contaba con que El Lechero tenía que ir hasta un punto de la carretera a Cuesta Rica para recoger una vaca y su cría, que algún vecino veredal había comprado por allá.
Así que el periplo se alargó. El casette de Antonio Aguilar, lleno de canciones alusivas a caballos de todos los colores, dio dos vueltas completas.
Estacionados a la orilla de la carretera, esperamos por bastante tiempo los nuevos pasajeros. Algún inconveniente pastoril retrasó un par de horas la llegada, así que los últimos minutos de la tarde empezaron a tornar en sombra el paisaje que había dibujado el sol desde la mañana.
Mientras esperábamos mirando el paisaje agreste y ventisquero, el conductor, una señora que iba para la finca de los Gelves y yo; alcanzaron a pasar por el escenario "pasacíntico" Cuco Sánchez cantando al ritmo de la guitarra de Antonio Birbiesca, algunas carrileras de un montón de hermanas, -las Padilla, las Calle- , con las Alondras, las Gaviotas y otros duetos femeninos.
José Alfredo Jiménez nos contó y nos cantó con su voz aguardientosa la historia de "una piedra en el camino" que le enseñó que su destino era "rodar y rodar". Antonio Aguilar de nuevo, pero no cantándole a los "jácaros" sino a las Noches Tenebrosas que me hacía pensar en la próxima subida por la Cedrillera, seguramente bien entrada la noche.... "cuando las once y media en un reloj tal vez serían"...... y la vaca, nada que llegaba.
Al fin llegó y logramos embarcarla, para arrancar de regreso a Pto. Arturo y emprender los nueve kilomentros de cuestas y trocha hasta el caserío de Misiguay. Entonces, ya se habían ido los arreboles que se forman cada tarde en el cielo sobtre el Rio Magdalena y que uno ve ahí, "cerquitica". Un montón de estrellas -incluído el bueyero guía- ya estaba titilando, saltando juiciosas bajo el firmamento.
Las subídas de Matecacao, San Agustín y El Cristal las recorrimos escuchando a Julio Jaramillo, que decía entre lamentos "no me toquen ese vals porque me mata", a Olimpo Cárdenas lleno de Temeridad y a Lupe y Polo que ya habían conseguido Dos pasajes para irse a otras tierras con su prieta querida.
En la Cristalina, la tienda descansadora de la cuesta, nos tomamos una cerveza para mitigar el calor que no era comun en esas tierras y a esas horas. Dejé disimuladamente los residuos líquidos de mis riñones contra un matarratón que sostenía las cuerdas espinosas de una cerca de potrero, recordé que "por el camino del sitio mío, un carrtero alegre cantó" a la Luz Marina que vivía más abajo de la tienda. Volvimos al camión y recorrimos la travesía de El Coco, La Guamaleña y La Cabros en media hora.
Llegamos hasta la gruta de la Virgen del Pocillo, la misma que habían encontrado en un pozo de la quebrada cercana y en un barranco desembarcamos los pasajeros mamíferos, frente a la casa de Federico González, un personaje típico de allí.
Fue ahí cuando apareció don Alonso Rodríguez, linterna en mano y ofreciéndome -noble y buen amigo como siempre- la hospitalidad de su casa, para que no arriesgara un susto con las "mechudas que aparecen en la curva de la escuela vieja, la escuela de doña Inés", me dijo.
Volví entonces a entrar en esa casa de zaguán y patio interior donde los caracuchos, los zagalejos y alguna dalia le daban color a la estancia. Ya había estado allí otra gente de ingrata recordación para la vereda, gracias a una trampa que querían hacerle a ese ser bonachón y servicial que siempre tenía un consejo para todos, en palabras que mezclaban el respeto y una sonrisa que parecía estar "mamándole gallo" al aconsejado.
Ya recuperada su tierra y su casa, seguía allí para continuar siendo faro y guía de la región en un acuerdo tácito que había hecho con mi papá y con Gilberto Rueda, pero que este abandonó porque le tocó irse a colaborar en las obras del más allá, una madrugada de lunes en que rodó con su campero Willis y un amigo, desde la carretera hasta el lecho de la Quebrada la Pajuila, abajo de la tienda de Los Colorados.
Leonor, esposa de don Alonso, hija de Rosario Nieto, la partera de la vereda; me preparó en minutos un caldo de papa con arepa de pelao con lo que calmé la angustia estomacal y la de tener que subir solo por esos caminos llenos de mitos, espantos y sustos imaginados en un santiamén.
Conversando de mucho y de todo, don Alonso ya me estaba contando la historia de "la primera palada de tierra que moví para comenzar la construcción de la carretera en Pto. Arturo"..... cuando llegó mi papá. El instinto de padre, de sangre, lo hizo pensar que yo andaba por allí, aventurando en una noche de estrellas y corrió a brindarme protección. Compartimos un tinto más con su amigo y mi amigo, nos despedimos y caminando "conversadito" nos fuimos para Honduras.
Ya se me había quitado el miedo.
Es que iba hombro a hombro con el ser que más admiré siempre, entre otras cosas, por valiente. Y así, nadie tiene porque sentir miedo.
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