lunes, 29 de marzo de 2010
La Semana Santa de mi niñez.
Por pertenecer a un hogar católico, donde además mi madre era la maestra de la vereda, los preceptos tradicionales se debían cumplir sin "chistar" nada, esto es, sin discusión.
Una vez llegaba el almanaque de Pielroja, aquel donde se quitaba el papelito cada día, -mientras la modelo de la foto nos miraba coqueta y dejaba escapar el humo a través de sus labios rojos-, al sábado de dolores, empezábamos a preparar el desfile o procesión del Domingo de Ramos.
Los protagonistas de este desfile, generalmente eran traídos por los compañeritos desde sus casas, cortados de las matas de Iraca o de Nacuma, como la llamamos los santandereanos y que abunda en tierras rionegranas. De sus cogollos además se hacen escobas, esteras, sombreros y de las hojas abiertas, techos para casas y el empaque para pollos y gallinas vivos que viajan para el pueblo, seguramente rumbo a un almuerzo especial.
Cánticos religiosos, mucha piedad -no Córdoba- y una asoleada de padre y señor mío, acompañaban la primera y única celebración en grupo de la semana especialmente religiosa.
Seguían dos días sin mayores cambios y el miércoles a las doce, al empezar la tarde, en todas partes se suspendían las labores después de haber usado la mañana para "aprontar" leña, agua -donde no había acueducto- y las legumbres necesarias para las tres jornada siguientes.
En la tarde se dedicaba la gente menuda de la casa a disfrutar de algunos juegos, concientes de la prohibición que se venía para jueves y viernes, que llegaban con quietud, silencio y recogimiento.
Después de la cena, mi viejo refería cada año las mismas historias sobre mitos y leyendas de esa conmemoración especial. Pero no se sentían repetidas. Tal vez porque el tenía el ingenio suficiente para cambiar sitios, personajes y terminaciones, lo que hacía casi nuevo el relato así se hubiera escuchado ya unas ventitantas veces.
Ya en el amanecer del jueves, las emisoras silenciaban sus músicas "paganas" y dedicaban el tiempo a emitir valses, óperas y un montón de obras clásicas, tocadas por músicos y orquestas famosísimas, pero que se nos hacían francamente aburridas. En algunos horarios se analizaba por parte de algunos "eruditos", la historia de la religión, las causas del "voltearepismo" de Judas o la capacidad para comer uvas de los emperadores romanos, conceptualizando a su manera cada uno y dejando en los oyentes opiniones encontradas.
Mientras tanto, la población femenina de la casa, mamá, abuela, tías, hermanas, primas y vecinas, se dedicaba a preparar un almuerzo de tres y cuatro pisos, a manera de los siete potajes y como una réplica aumentada y corregida de la Ultima Cena.
El Jueves Santo era también un día para dedicar a la limpieza personal por aquello del lavatorio, asi que para quienes estábamos pequeños nos figuraba un baño especial con estropajo incluído y dirigido muy de cerca por mi mamá.
Con el estómago lleno más de la cuenta y muy limpios nuestros cuerpos, íbamos a la cama para esperar el Viernes Santo, el día que se debía guardar con más respeto.
Era "demasiado" especial. Se debía vestir con colores oscuros o de preferencia negro. Nada de rojos, amarillos o camisas de estilo tropical. Era un día de luto. Mucho silencio, almuerzo en poca cantidad y con sardinas u otro pescado por aquello de la vigilia, mientras empezaba el Sermón de las Siete Palabras, explicado tediosamente por personajes de la política, bastante "veintijulieros" y ya sabemos porque, metidos en esto. Por sapos. Porque en todo se meten. Mi padre nos "obligaba" a escucharlos, pegados al radio y en absoluto mutismo.
A las tres de la tarde, casi veíamos oscurecer un poco el cielo y ayudados por las palabras, consejos y cátedras de los más creyentes, nos invadía la tristeza porque acababa de morir Jesús.
Para la gente que vivía en Bucaramanga, era casi de obligatoriedad la subida a Morrorico, donde se mezclaba la religiosidad del viacrucis -no del viacruz, como dijo Vicente Silva, periodista de RCN Radio, creyendo buscarle un singular a una palabra que no está en plural- y la sensación de un paseo con tomada de foto de lente, comida de helados y en la bajada de regreso, las empanadas de pescado con limonada de panela. Todo esto en compañía de parientes y amigos de la cuadra y del barrio, contactados previamente para la salida tempranera, o encontrados por coincidencia en aquellos tiempos en que casi toda la ciudad iba a la caminata.
Ahora esa tradición la volvieron imposible los vagos, los gamines y los "evangélicos" que instalan "hiijuemil" equipos de sonido entre El Kiosco -cra 33 con 32, hasta el mismo monumento al Sagrado Corazón, formando una algarabía de locos mientras tratan de cazar incautos que les lleven más diezmos y así poder agrandar los bolsillos y las cuentas bancarias de los pastores de turno, que hacen caras de absoluta santidad.
En la noche generalmente íbamos a la calle 36 para admirar las procesiones que hacían tránsito entre las iglesias de La Sagrada Familia y San Laureano, algo que despertaba en mí, dos sentimientos. Uno de angustia, por el peso que debían soportar los penitentes con esas andas a cuestas en un despacioso recorrido y otro, de risa, por los movimientos tan chistosos de las imágenes, que tiemblan de tal forma que parece próximo su aterrizaje contra el pavimento.
Regresábamos tarde a la casa para escuchar algún dramatizado sobre la vida de Jesús, programacion muy usada por las emisoras de entonces.
Ya el sábado, aunque de santificar también, había un poco más de libertad para hablar, reír y jugar, la radio volvía a la normalidad y todo volvía a ser como antes. En la noche, se oía la misa de Gloria o se asistía a ella. Después, a seguir con la rutina de la vida, que como el mundo va dando vueltas y vueltas. Muchas cosas han cambiado.
*En estas lineas no he mencionado para nada la televisión, que aunque ya existía en el país, solo vinimos a tenerla en casa cuando estaba por cumplir los veinte años. Gracias a Dios no me perdí mayor cosa.
jueves, 11 de marzo de 2010
Por pasar y posar de inteligentes...
" Antioqueñas y antioqueños..... ciudadanas y ciudadanos....
Desde esta tarima de la politica me dirijo a ustedes y a ustedas para compartir mi intención de llegar al senado de la república.
Trabajando de sol a sola, desde las montañas y los montaños de mi tierra, me comprometo a luchar por la igualdad de géneros y de géneras, sin importarme que las profesoras y profesores de las escuelas y escuelos, los colegios y las colegias, -en la universidad no estuve, por eso no la nombro-, me hayan enseñado que NO es necesario hacer notar los dos géneros al dirigirse a los demás, que con mencionar el másculino se está incluyendo a todos, inclusive a los gays y las gays.
Les pido a mis contertulios y contertulias que depositen sus votos y sus votas en los urnos y las urnas y asi me puedan favorecer para despues llenarme los bolsillos y las bolsillas con el 10% de los contratos y las contratas que les consiga a mis votantes y mis votantas.
Mi gratitud eterna y anticipada a todos y todas los idiotos y las idiotas que madrugarán a votar por este monumento a la imbecilidad y la ramplonería de la politica colombiana y colombiano.
A ustedes y a ustedas, muchos gracios y muchas gracias."
Puede parecer chistoso, increible o simplemente sin gracia. Pero es posible que en más de un tablado politiquero, en más de una entrevista o en muchas cuñas radiales o televisivas, aparezcan los nuevos "académicos" de la lengua española, creyendo agarrar incautos, creyendo, muy equivocadamente, que hablan "bonito".
Y lo de adjudicarlo al politiquerío paisa no es gratuito. Es que aquí abundan... esos inteligentes.
domingo, 28 de febrero de 2010
DE SAN ISIDRO A BERLIN
Ahora se que la solté más de la cuenta; dos matrimonios y otros romances dan cuenta de ello.
Los días escolares eran muy lindos para mí, que con solo cuatro años y sin matrícula, empezaba a leer y a sumar, mirando desde la puerta del salón a mi mamá, que enseñaba a sus alumnos. Además, cada día de clases, significaba tomarme una gaseosa Hipinto, cuando era realmente santandereana. En sus sabores de piña, uva, manzana, limón o la kola champagne, como decía en sus botellas, que llevaba José Antonio Estupiñán, un alumno que vivía en la casita de paja y bareque en “El Uno”, a quien mi mamá le pagaba cada semana los seis refrescos que me sabían a cielo y cuyo aroma mantenía hasta el día siguiente, guardando la tapa con empaque de corcho donde se conservaba intacto.
Esa tapa solo la botaba cuando llegaba la nueva gaseosa. Era una forma de mantener lo que en el campo no se tenía. Igual hacia con las cajitas de uvas pasas Su-Maid, cuando tenía oportunidad de comerlas, muy de vez en cuando.
Así, entre el cariño y el amor paternales, pasé los últimos años de la década del los cincuenta, los que rematamos viviendo en la escuela de Arbolsolo, a dos kms., del pueblo los meses de octubre y noviembre. Allí mi mamá clausuró el año académico, como transición hacia Berlín, nuestra nueva morada por cinco años y una de las mejores etapas de nuestra vida familiar.
En Arbolsolo conocí el primer trapiche, el de la Hacienda La Vega Carreño, donde saboreé las melcochas y las boronas de panela, esos trocitos de cielo de ahí en adelante, el manjar más preciado para mi paladar, muy por encima de las encopetados dulces industriales de ahora. Es que sabían, como sabrán siempre, a patria colombiana, a esa esencia natural de nuestras montañas y a ese corazón de la tierra, procesado por manos campesinas, ancestros que llevo por siempre en el alma y que me enorgullece ante propios y extraños. Se cuanto vale y cuanto trabajo tiene producir los alimentos que consumimos cada día, cuanto sacrificio hay en cada jornada campesina, desde antes de rayar el sol, hasta muy tarde en las noches de sombras y de cantos de arroyuelos en cada parcela de esta Colombia grande y sin igual.
El vivir a pocos metros de la carretera central, que por entonces iban construyendo hacia la costa, en tierras del sur del Magdalena, hoy el Cesar. Me permitía el gusto nunca imaginado de ver muy de cerca los carros que fascinaban mi imaginación. Siempre he admirado esas máquinas que le dieron un vuelco de progreso al mundo y ahí estaban ante mis ojos, cargados de pasajeros, alimentos e ilusiones, pasando hacia la ciudad o hacia mi pueblo, ese montoncito de casas y de calles que aprendí a querer como mío, porque fue la patria chica de mi Mamín, como también se me hizo costumbre llamarlo; ahora y siempre me considero rionegrano, así la cédula expedida allí diga que soy nacido en Bucaramanga.
Se soportaba un calor muy alto y acostumbrado a climas más agradables, sufrí de un broto que me llenó de ampollas todo el cuerpo, en especial los pliegues de las extremidades. Unas pastillas, una crema y varios baños al día me permitieron una cura muy rápida y el poder jugar en calzoncillos con una manguera, desde la mañana y hasta el atardecer,
Casi todas las semanas iba algún grupo familiar para visitarnos y darse un chapuzón en el río. Alguna vez fue un grupo grande, donde se unieron la familia de mi papá con la de mi madre, pasando un día bien agradable, hasta que por el río vieron bajar el cadáver de un marrano, generando asco en todas las mujeres del paseo, regresándose entonces a la escuela para bailar un rato. Para los regresos, que se hacían muy temprano el lunes, generalmente era don Donato Moreno quien hacía el viaje expreso para llevar a mis primas hasta Bucaramanga.
Se iban así pasando los dos meses mientras llegaba el cinco de diciembre, día en que con las cositas de la familia en la hoy vieja volqueta GMC amarilla del municipio, conducida por Trino Díaz, partimos hacia Berlín, la hacienda cafetera que hacía de las laderas cercanas al Río Rionegro, -de “Casetabla” para arriba-, una colchita de verdes claros y oscuros, como esos pesebres de antes cuando abundaba el musgo en las piedras del camino y que utilizábamos para recrear los aguinaldos. Viajamos con mi mamá, mientras el viejo se enrumbó, acompañado de mi tío Luís Jesús y con sus vacas y terneros, a recorrer los doce kilómetros que hay entre las dos escuelas, a pie.
A pocos meses de cumplir los cinco años, y en los días en que tomamos la foto familiar que aún está en la sala de mi casa, que me produjo el trauma laringeoesofagodigestivo de ponerme un corbatín, empezó una vida nueva, porque allí mis padres tuvieron un devenir mejor y un futuro más promisorio – que por esas cosas de la raza, aprendidas de su padre- desperdiciamos y que ya contaré mas adelante.
Berlín... todo cambió para bien.
En una casa grande, con un salón para clases inmenso y sin cocina, que estaba unas tres cuadras abajo del caserío central de
Era algo que lo llenaba de orgullo, al igual que la gruta que le construyó a
Más tarde, el Monumento a
Era el amor que le ponía a su trabajo, el que hacía que de su imaginación se volvieran realidad cosas que a veces parecían imposibles y que sirvieron para el bienestar de mucha gente; algo que era su obsesión y que me transmitió por sangre y ejemplo en los veintiocho años que tuve la alegría de vivir a su lado y en estos últimos, sin su presencia física pero lleno de recuerdos de cosas buenas en su paso por la vida.
Esas enseñanzas de su existencia buena, me han permitido vivir para servir, así algunas ingratitudes traten de borrar lo que se siente ante un “gracias”, muchas veces oído al corazón de personas sencillas y humildes que reciben una palabra, una mano amiga, un bocado para calmar momentos difíciles, unas u otro, entregados con el alma y sin esperar reciprocidad igual, solo la sonrisa de un ser agradecido.
Pasamos el primer diciembre estrenado la cocina que en cuatro o cinco días levantó en la punta oriental de la casa, con lavaplatos y fogonera incluídas. Unos tamales para Navidad, hechos por nosotros tres en equipo – yo ayudaba a contarlos- y un vino y unas galletas compradas en el pueblo nos hicieron deliciosa la cena de medianoche.
Solo se vivía en esa época del sueldo de mi madre como maestra, ayudado un poco con lo que mi papá ganaba como peluquero en
Como esas entradas no eran suficientes para vivir holgadamente y aprovechando que la semana estaba libre, Mamín se inventó una cría de cerdos a su manera. Poco a poco acercó a la escuela y desde muy lejos, unos horcones de topacio y unas guaduas, largas y pesadas que constituyeron los elementos principales para levantar un corral de tres por cuatro metros de área, a manera de zarzo o volado, sobre un terreno inclinado adyacente a la nueva cocina, en el que según su imaginación se podrían cebar hasta seis cerdos.
Y la imaginación no le falló.
Hecho el corral, que le llevó un par de semanas, y al que le puso en la superficie de desagüe unos tejos de cemento que habían sobrado en el arreglo de un granel de la hacienda; compró los primeros marranitos, recién destetados, los que purgaba con helecho gallinero y a punta de repila de arroz, concentrado industrial y agua en abundancia, con toda la dedicación del mundo, sacaba muy gordos para la venta, en sesenta días.
Era un oficio bonito y entretenido que fui aprendiendo, ayudando a hacer y que disfrutaba al preparar las raciones en un balde y al bañar continuamente esas mascotas que engordaban rápidamente. Así fue mejorando el presupuesto familiar y había un a entretención más para mezclar con el pastoreo de las vacas y con los compromisos laborales de los domingos. Además quienes nos visitaban, quedaban boquiabiertos al ver que cinco o seis cerdos con buen kilaje se podían desplazar por un segundo piso de guadua y cañabrava, a unos tres metros del suelo, alabando la idea y tomando fotos para enviar a otras partes de Colombia. Incluso fue grabado allí una parte de un documental llamado “Después de Palonegro” en el que también participó mi mamá dirigiendo una clase de educación física.
A comienzos del año sesenta y tres, fuimos invitados a visitar a los dueños de la hacienda, una familia muy prestante de Bucaramanga, a cuya cabeza estaba don Ernesto Sanmiguel García y que venían analizando el comportamiento laboral y familiar de nosotros. Un fin de semana compartimos una tarde con ellos y entre tintos, anécdotas y merienda, le fue planteada a mi papá la idea de fundar una cooperativa, muy en boga por el programa CARE de
Analizadas las posibilidades un par de fines de semana, con veintidós socios, vivientes o encargados de las parcelas de la hacienda, y con aportes de cien pesos cada uno, empezó a funcionar
Grandes logros a través de treinta meses de gerencia se evidenciaron en el grupo veredal. Acompañado por mi mamá y lo poco que yo podía con siete años ofrecer, hicimos un equipo de trabajo que aun hoy recibe alabanzas de gratitud por quienes recibieron ayudas no solo económicas sino de ejemplo de vida.
Una misa dominical cada quincena,
Para mi papá, como gerente, la semana de trabajo no tenía descanso. El lunes bajaba a Rionegro, dedicándose a las vueltas bancarias, solución de situaciones económicas de los socios, pago de vivientes que la hacienda hacía a través de la cooperativa y contactos con proveedores de ganado, generalmente vecinos de la región.
Los martes, miércoles y jueves, los dedicaba a visitar a quienes le ofrecían el ganado, con quienes negociaba entre palabras, chistes y tintos, de una forma tan certera, que cada res le dejaba a la entidad una ganancia de por lo menos dos arrobas de carne.
Con la alegría de saber el rendimiento que iba a dar ese novillo, o aquella vaca, regresaba en las tardes, montado en la mula Alverja, la mejor mula que he visto para ganadear, cargado de yucas de dalias, con las que agrandaba y hacía más hermoso el jardín de la escuela y lleno de amor con mi mamá y conmigo, dedicándome las primeras horas de la noche para contarme cuentos, anécdotas y maneras de ver la vida, siempre con su sonrisa blanca y sentándome en sus piernas, mientras veíamos cortar y coser telas a la secretaria de la cooperativa, maestra y modista de la región.
El viernes, muy de mañana se alistaba para viajar a la ciudad, muchas veces en mi compañía. El fin: Comprar el surtido para el fin de semana, cuando todos los socios mercaban para familia y obreros. En la buseta, que pasaba a las siete por la entrada de Berlín, emprendíamos un recorrido de unos treinta y dos kilómetros hasta la ciudad, jugando a quien adivinaba mas marcas de los carros que nos encontráramos en la carretera central. Entre risas y trampas que le hacía, pues no era muy ducho en cosas de carros, llegábamos primero a la calle sexta, donde los abuelos y después al centro, al Granero Oriental, donde se empezaba la jornada de idas, venidas y preguntas buscando los mejores precios para el beneficio de la gente.
Un mercado que al inicio no pasaba de seis u ocho bultos y unas cajas de diferentes productos revueltos, se fue convirtiendo en un viaje completo para la volqueta de la hacienda, que con su carrocería de estacas adicional, ofrecía el espacio de un camión 500, lleno hasta las varillas. Anótese que la gaseosa y el pan eran llevados por carros distribuidores.
Aparte de los artículos comestibles y de aseo, se empezaron a llevar utensilios de cocina, telas para vestidos de dama, camisas, pantalones, útiles escolares, todo consumido en la semana siguiente.
Cansado al máximo de mis piernas por la forma como mi papá, no caminaba, sino corría, buscando calidad y precios, regresábamos en la tardecita a la sexta, donde se había almacenado la mercancía que llevaban en carro de mula desde el centro, y donde la recogía la volqueta, emprendiendo el regreso a la hacienda. Allí, después de comer algo, los viejos se dedicaban a la reliquidación de precios, mientras yo jugaba feliz con el carrito de turno.
Por ese juguete que no fallaba, así no viajara con él, y por las idas a comprar nevados en un puesto de pan que había por los lados de las hortalizas en la plaza vieja y de donde pasábamos por el puente elevado que cruzaba la carrera dieciséis, el viaje era una delicia para un niño campesino.
Llegábamos por ese puente, hasta el sector de los zapatos. Allí me compraban zapatos a muy buen precio, alegando la rebaja porque la semana anterior le habian comprado a mis hermanos. Era una mentira, pero era también la forma de negociar de mi papá, alguien a quien Jorge Veloza le hizo un homenaje con la canción “El Saceño” en el primer larga duración de los Carrangueros de Ráquira.
Y el sábado, la jornada más dura, pero la mas atractiva para mi papá, que siempre se le medía a los retos difíciles. “La ganadiada”, como llamaba el acercar, casi siempre desde
Esos “sábados de ganadianza”, -otro término-, como los llamaba la gente, empezaban muy temprano, antes del alba, con un combo de tres o cuatro muchachos que acompañaban al gerente ganadero en el caso de una res muy brava, como lo era casi siempre. Partían por el camino, con rejos, perros y al mando de don Flaminio, que se las sabía todas para hacer llegar la res hasta su destino.
Con el comienzo de la tarde se avecinaba el espectáculo de la torería, que muchas veces se retrasaba hasta la noche, por las encabritadas que se les ocurrían a las “ovejitas” que traían, o por la distancia a recorrer, muchas veces a tres o cuatro horas normales de camino. Hubo veces en que no llegaron con el ejemplar vivo y como en las grandes corridas, el puntillero puso fin a la lidia en plena plaza, esto es en el camino al matadero. Tenían que recoger la res en la volqueta, debiendo descuerarse y despresarse primero en el sitio de los acontecimientos.
Es memorable la calidad de “manso” de un cebú como de treinta y seis arrobas que por el camino engulló tres dulceabrigos o lanillas que se usaban para torearlas. Al día siguiente sus dueños recuperaron sanas, sin un hueco siquiera y directamente de las tripas del “angelito”, sus trapitos de secarse el sudor en el trabajo.
También para recordar, una novilla colorada, que en ausencia del comandante de ganaderos, se les enjardinó en el corredor frontal de la cooperativa, a solo veinte metros del botalón. No hubo ruegos, toreos, oraciones, maltratos ni madrazos que la hicieran levantar de allí, donde permaneció unas cuatro horas, sitiando a la gente en sus casas y echando babaza y cornadas a quienes pretendían acercarse.
Cerca de las ocho de la noche, llegando de Bucaramanga, de un curso cooperativo dictado en
Se les brindó una gaseosa a los ganaderos por parte del jefe, acompañándoles el cariñito con una vaciada de padre y señor mío, por no saber hacer las cosas como muchas veces les había dicho, se hacía en estos casos.
Y a la media noche antes de comenzar el domingo, y muchas veces sin haber dormido ni un minuto, empezaba la jornada que llevaba toda la madrugada en la ejecución, descuerada, despresada y deshuesada de los tres animales, oficio que hacía acompañado de dos muchachos ayudantes, de la lavandera de la tripa y de algunos curiosos que iban a recoger sangre para hacer el famoso “pichón” santandereano, un caldo levantamuertos.
Al rayar el sol ya estaba todo dispuesto para la venta, la que también se hacía entre tintos, cigarrillos, chispazos y palabras a los que generalmente eran sus clientes, los “chinos” hijos de los vivientes, que madrugaban por la “pesada”, atraídos por la ñapa, un pedazo de tripa delgada, de un jeme de largo, que se dejaba especialmente para este fin.
Así que cuando subíamos con mi mamá, para empezar su jornada de facturación de los mercados, ya lo hacíamos bien desayunados con carnecita fresca, que nunca dejó de facturarse, así se piense que una o dos libras se las merecía con honores quien tanto hacía por este conglomerado humano que trabajaba en cafetales y potreros de aquella hacienda, tan querida por nosotros y tan famosa por su maquinaria para procesar el café, montaje que habían hecho los alemanes exilados por culpa de la guerra y que habían sentado sus reales en algunas zonas de Santander.
Pasada la mañana y con ella la venta de carne que se iba todita casi siempre, mi papá iba a la zona del mercado donde todavía se despachaban las listas que los socios traían para lograr llevar a los suyos y a los obreros que tenían bajo su mando, la alimentación balanceada para un mejor rendimiento.
Allí, en compañía de mi mamá, que facturaba y despachaba, de Teófilo Aguilar, un socio buen amigo y muy colaborador, que se encargaba de pesar los granos, de un tío paterno o de mi abuelo en ocasiones –como empleados a sueldo-, me encargaba de destapar gaseosas, única bebida que se vendía y que se consumía en tal proporción que los camiones de Coca Cola y Postobon dejaban cada uno medio viaje en la cooperativa y el resto les quedaba para repartir entre
Era muy común que al mediar la tarde, camináramos entre un reguero de envases que tapizaban el piso interior de la tienda, desorden que se recogía el lunes en la mañana, entre las rabietas y madrazos de mi “papá señor” que no permitía dejar las cajas para que los clientes las fueran organizando. Si soy terco, es porque tengo herencia.
Ya sobre las dos o tres de la tarde se iniciaba el juego de bolo criollo, muy popular en Santander, donde generalmente se juegan cajas de cerveza o “pedidas” cuando son pocos los jugadores. En la cooperativa solo se jugaba por pan, unas mestizas de veinte centavos, del tamaño de un plato sopero y que los ganadores del chico iban “ensartando” en chuzos de helecho gallinero que se clavaban en un barranco, cerca de los jugadores. Al final de la jornada, en vez de llegar borrachos a la casa, como es común, lo hacían con una sarta de por lo menos una docena de panes para alegría de sus hijos. Eran esas las buenas ideas de mis padres, que con los Sanmiguel, buscaban siempre el bienestar de las familias congregadas alrededor de
Casi siempre, entre los jugadores estaba el gerente, aficionado a este juego como ninguno y que ganador que era en muchas ocasiones, donaba sus mestizas a la señora que ayudaba a lavar las vísceras del ganado, muy pobre y llena de hijos o, en su defecto a alguna familia también necesitada.
Me gustaba servir de garitero, ganando como pago de acuerdo a si tumbaba un palo que se colocaba en la zona de jugadores, lo que me permitió coger buen pulso para más adelante, en las andanzas con el viejo, jugar a la par con amigos y contrincantes.
De la bondad con que el veía la vida fui testigo una noche de semana que llegó un nuevo viviente para la parcela de Alto Bravo.
Era un señor oriundo y procedente de Tona, con una familia muy numerosa y con dificultades económicas. En la volqueta, que lo recogió en Bucaramanga, llegó con sus trastes y sus hijos. Le pidió a mi mamá que le hiciera el favor de fiarle unos panes y un par de panelas para prepararles comida a los hijos, cuando llegaran al destino, a unas tres horas de camino. De acuerdo con mi papá, no solamente se le facilitó el dulce y el pan, sino un mercado completo, incluidas unas libras de carne salpresa que ocasionalmente habian quedado del domingo, sin importar que no se pagara ni un peso, dada la estrechez económica con que iban.
Era muy agradable encontrarse con don Porfirio Laguado, próspero ganadero después, y escuchar de sus labios la anécdota referida, con palabras de gratitud para don Flaminio y doña Blanca, más valiosas después de mi orfandad física. Esa fue una constante en su diario vivir. Colaborar con la gente que necesitaba un favor, una palabra, un hombro donde apoyarse para volver a subir; algo que hacía con el alma, echando por el suelo esa imagen de hombre duro, que a veces mostraba, generalmente cuando había algo mal hecho en las actividades que el dirigía o se practicaba una injusticia por alguien y hacia alguien.
En alguna ocasión en que se trató de revivir la violencia entroncada en el país desde la muerte de Gaitán, y desde antes por ese gobierno sectario de Ospina Pérez, fue alertado por algún vecino de la presencia de algunos ladrones que al amparo de la noche, estaban robando café en baba, recién cogido, en algunas viviendas alejadas de la hacienda. Ya común su revolver 38 largo, colgado de su cintura, como el “sheriff” de la región se apersono del caso. No habían terminado de contarle los pormenores del robo, cuando ya estaba llamando a
Todas las actividades hacían de un grupo humano integrado en la labor social, el ejemplo a seguir. Amigos y conocidos de la familia Sanmiguel, visitaban la hacienda y se sentían atraídos a colaborar.
Se organizaron brigadas de aseo y decoración con doña Gladys, algunas de sus amigas y mi mamá, visitando cada sábado diferentes casas de vivientes, una o dos cada vez, donde le daban un aseo general a la casa y volteaban los enseres de una forma agradable y con cortinas, afiches y repisas y cosas que llevaban de la ciudad, dejando cada casita como una tacita de plata y el compromiso de cada señora de mantener en ese estado el sitio donde compartían la vida con la familia.
La misa dominical, cada dos semanas, oficiada por el padre Camilo Tapias, llevaba la parte espiritual a la comunidad, con los beneficios que poco a poco, con el correr de los días, empezaron a verse reflejados en un mejor vivir de las parejas, de las relaciones padres e hijos y del rendimiento académico de los muchachos en la escuela.
Muchos bautizos, primeras comuniones e incluso matrimonios se efectuaron durante los dos años y medio del funcionamiento de la cooperativa en manos de mi papá, con la colaboración de todo ese grupo de trabajo que tenía como cabeza principal a don Ernesto, pero que creaba y realizaba cosas desde la labor continua y ardua de mis dos viejos, entregados siempre a servir.
Un doce de diciembre, el del sesenta y cinco, tuve la fortuna y el orgullo de recibir por primera vez la hostia sacramentada, en compañía de doce o trece niños y niñas, compañeros de estudio y amigos, que por el paso del tiempo, jamás volví a ver. La más recordada, Lilia Suárez, una de las lindas hijas de Alejandro Suárez, el viviente de
Se hizo una reunión especial en la casa escuela, con la presencia de los Sanmiguel, el padre Tapias y mis padrinos de bautizo, Pedro Bohórquez y Sofía, que con sus hijos llegaron en
Con un ponqué de tres pisos y unos cinzanos, se hizo un brindis por el acontecimiento, en medio de las Fiestas del Café, que ya iban en su tercera versión y que parecía se iba a institucionalizar como otra feria más de las celebradas en los municipios de Santander. Se realizaba el segundo fin de semana de diciembre, desde el viernes al atardecer y hasta la llegada de la noche del domingo.
Toro de candela, vara de premio, concursos para el mejor arriero y la mejor ama de casa, carrera de encostalados, misa especial con sacramentos incluidos, películas de tipo educativo y de distracción, campeonato oficial de bolo criollo, presentaciones teatrales y otras actividades, hacían que muchos residentes en Bucaramanga, Rionegro y las veredas vecinas llegaran a disfrutarlas. Era fácil ver que buses repletos de gente, los de
Muchas cosas buenas se aprendían, se reía, se gozaba, había integración no solo familiar y de compañeros de trabajo, sino interveredal y por que no intermunicipal. Todo esto sin consumir una sola cerveza, sin nada de alcohol, algo que es prudente resaltar.
Recuerdo que la vara de premio de quince metros de altura y muy lisa por el cebo aplicado en su superficie, no permitía subir a nadie. Luego de muchos intentos, los participantes optaron por hacer una pirámide humana y le dejaron al último los tres metros faltantes para subir por su cuenta. Quien logró el premio lo repartió entre todos y reconocieron en grupo que la unión hace la fuerza. Esa siempre fue la idea, dejar un mensaje aprendido en cada vecino.
De una de las presentaciones “artísticas” fueron `protagonistas mis viejos, con mi tío Benicio y con Gilma Bianchá, que trabajaba con nosotros al servicio de la escuela.
Disfrazados de campesinos santandereanos, pero con gafas y atuendos que no los dejaran reconocer fácilmente, irrumpieron con su tiple y una guitarra, a manera de serenata y cantando unas coplas especiales para los dueños de la hacienda, coplas compuestas por Flaminio y Blanca y entonadas al ritmo llanero de “Ay si, si”.
Fue grande la sorpresa de los homenajeados y más, cuando invitados a bailar con los artistas, descubrieron su identidad, agradeciendo con el corazón ese detalle tan sentido que la comunidad les brindaba.
Seguramente es ese el ancestro que llevo en la sangre y que me permite llevar alegría a los demás, inventando personajes y actuaciones que requieren un poco del “ridículo” pero que son premiadas con ese “gracias” sonriente de los espectadores, especialmente de los niños.
Ahora que en mis intentos teatreros he representado a San José en obras navideñas, a Jesús en el recorrido hasta el Gólgota, a doña Nydia, un personaje de la TV en un intento por ir a Sábados Felices, a dos sicólogas -una francesa y una costeña- en conferencias humorísticas sobre la sexualidad a través de la historia, a un legumbrero paisa conquistando una cliente santandereana, a Sandro, el cantante romántico y llorón en la despedida de solteros con Vicky y a Chucín, un payaso bonachón, quisiera tener a mis viejos cerca, para hacerlos disfrutar de otra sonrisa, que les negué por timidez, en esos tiempos cuando pude acompañarlos en sus actuaciones.
De todas esas actividades en las que participaban las familias trabajadoras de la hacienda, vecinos de otras veredas, familares y amigos venidos de la ciudad, quedó enseñado y aprendido, mucho del compartir, del recibir y el dar.
La integración era tal que parecía una familia en busca del bien común. Pero…. Como todo bueno tiene su malo, empezaron aparecer los egoístas y envidiosos, muy pocos tal vez, que con comentarios injuriosos sobre el manejo de la entidad, hicieron desistir a papá de seguir adelante con este bello trabajo. Cuando veo prósperas cooperativas que nacieron por aquella época, alcanzo a imaginar como hubiese sido de grande y ejemplar, la nuestra. Nuestra Cooperativa de Consumo Hacienda Berlín.
viernes, 15 de enero de 2010
AHORA
corrí tras los aromas de tus ojos, de tu cuerpo,
llené mi corazón con tantas ilusiones,
dejé que el tiempo me trajera tu alma.
Esa fue mi vida cuando las horas iban,
cuando solo estaba y no sabia de ti...
pero el tiempo, calculador y etéreo
me llenó de sueños, me entregó tus labios
y me envolvió en tus besos.
Vine hasta ti, hasta la cuna de tus años
y me quedé contigo, degustando tus caricias,
disfrutando tus sonrisas, tus halagos,
tus manos llenando de vida mis canciones....
Gracias mi vida, por tanto amor en tus pasiones,
gracias amor por cada mañana de luz y de ilusión;
te entrego todo, mi corazón... mis fuerzas
la gratitud del alba, cuando amanece tibia...
y un beso inmenso, repleto de cariño
y de embeleso.
MIS HIJOS
retoños que me ayudó a cuidar el tiempo
y las caricias enredadas en el viento,
con cariño de padre,
de amigo compañero...
Desde siempre
cuando soñé poder tenerlos,
he sido, tangencial,
el guardián de tantos sueños
de todos sus momentos
y aunque estemos lejos
conservo aquí en el alma...
muy adentro
todo un archivo de recuerdos
que se han grabado lentos,
llenos de tiempo y de contento.
Cada mañana
en la oración del alba,
le voy pidiendo al cielo...
conservarlos y quererlos,
igual, lo mismo que hace tiempo
me cuidaron mis padres...sus abuelos..!
J. A. Báez Anaya. Con todo el corazón... Los quiero mucho.
miércoles, 6 de enero de 2010
Prólogo. -Leido por Hugo Gómez Ospina.
Todos los momentos de la vida hay que vivirlos con alegría. Cada celebración y mucho más si es en familia y con amigos, brinda la oportunidad de compartir una sonrisa. Es este uno de esos momentos. María Victoria y Chucho han unido sus vidas no solo para bien de ellos, también para esparcir semillas de bienestar a quienes les rodean. Y en sus ratos libres han dedicado un poquito de tiempo a escribir, ensayar, corregir y volver a ensayar, para dejar que ustedes aprecien un pequeño sainete o "sketch" como dicen los modernos, mostrando muy someramente algunas costumbres, modismos y dichos de las dos culturas regionales que han hecho comunión a través de su matrimonio.
Sin pretender ser los mejores artistas, son si, seres empeñados en lograr un mundo mejor y este es un granito de arena más para esa playa que contiene pedacitos de felicidad.
Escuchen pues, y aprecien este regalito que traen especialmente para los padres en su día y para que todos disfruten unos minutos de ANTIOQUEÑISANTANDERIANIDAD, muy resumida en unas lineas que tienen algo de jocoso y mucho del sentimiento de esta parejita muy cercana a nuestros afectos.
ENTRE LEGUMBRES Y DICHOS...
!... To siá Dios.... to siá la Virgen...!
!To sián todos los santos...!
como no voy a toser yo
que por tanta tos no canto....
comencemos este día,
túquios de mucha confianza
de que la revueltería
nos proporcione el bitute
para vivir sin fregancias,
a lo paisa....AVE MARÍA...!
Que bueno entonces sería
que mi Diosito tan bueno
una cliente mandaría
pa´conversar bien ameno....
de esas bonitas de todo
con ojitos de lucero
y una risa de alegría....
parezco muy desigente
pero yo le atendendería
mejor que a la otra gente.!
!Buenos días señor Don Paisa,
como amanece usté....
será que yo aqui consigo,
algo que me es menester?
necesito pepitoria,
maiz pa´ mute, mi amigo
y si quiere se lo digo,
con mi modo e´ser... frentera,
si no tiene de esa historia....
ay juepuerca, que bolera..!
!Mamacita, que bonita...!
ven pa´ca, lapo e´mujer...
venga la atiendo pa´ver
que es lo que vos necesitas...
pero no se me enfurrusque
que pareces muy berrionda
y eso no le queda bien,
venga pa´ca no se ofusque
yo le cojo bien la onda
y le despacho la lista.
Es que vea le digo, mano...
que lo que yo necesito,
seguro que no está escrito
en sus términos paisanos,
porque como ve mi acento
no es de brava, que hijuepuerca
es que soy santandereana
y cambian los nombramientos...
lo que allá es una marrana,
aquí creo que es una puerca.
Allá tenemos mazorcas,
son chócolos por aquí...
de pelao son las arepas
comemos yuca y ají
la carne la oriamos bien
al humo puay por tres días
y entre guarapo y café
comemos cabro sudao,
mazamorra de tostao
y no como aquí.... sin pepas...!
No se embejuque mamita
me presento soy Jesús,
me armo de todo el cuzcuz
y sin cañar.... sos bonita;
pero dejate de enguandias
que tengo buenos frisoles,
chicharrón por su tocino,
arepae´mote y quesito
y muchos cambios de nombre
en lo que es animalandia.
La chuchas de estas tierras,
como es en santandereano?
pues allá eso es un "jara"
tan raro que suena, mano...
las torcazas..? ay juelita
las llamamos abuelitas
y donde pastan las vacas
la llamamos una manga,
pa´ustedes es potrero
en toda Bucaramanga.
Esto ta´ bien enredao,
será que nos entendemos?
juepuente, hablamos golpiao
pero el corazón tenemos
calientico y con ternura
pa´entregarlo con melao
a quien nos brinde dulzura
y también les brindaremos
nuestra tierra de guerreros
con alma de enamoraos.
Dios se lo pague...! a la par,
voy a ser bien cojonudo
tengo en el pescuezo un nudo
pero lo voy a soltar.....
que la quiero jonjolear
con besitos y alabanzas
puede ser que por su crianza,
va y se me pone en desvelos...
yo quiero ser el pañuelo,
pa´todo sus estornudos.
!Usté que es lo que quiere, mano??
que dijo, aquí ya comí???
sepa que soy bien picante
como pepita de ají
y póngase por delante
pa´enseñarlo a que no crea
que por hablar antioqueño
me conquista en embeleso...
córrase pa´ca tantico
y si quiere.... tome un beso.
!Eh ave María, por Dios..!
que tan oyendo mis ojos
yo que taba maluquiao
y me manda estos labios rojos
pa´besalos despacito
pa´pañar su corazón
ella mi amada va a ser
con todo mi cariñito
para "podela" tener
diciéndome PAPAAAASIIIIOTOOOO.
Yo si quiero ser su amada
pero no se apresure mi Don
despácheme los encargos
y la cuenta de un jalón...
después hablamos de largo
para que usté desembuche
y bájese de la nuca
que yo no lo llevo a tuche
y me voy corriendo mano,
que voy a escurrir la yuca.
No fregués con las carreras
que solo cansancio queda;
deje que suspire enteras
palabras que decite pueda
vos sos lo que necesito
pa´mujer y compañera
pero al menos yo quisiera
que me de su nombresito
pa en la vida que me queda
nombrala con cariñito.
Me llamo María Victoria
porque no había preguntao,
santanderiana e´nacencia
con habladito golpiao...
pariente de comuneras
y orgullosa de su herencia,
nacida entre cafetales,
el miedo no me trasnocha
porque soy valiente y fuerte
cual Cañón del Chicamocha.
Yo soy antioqueño puro
entucador y animao,
pa las trovas soy el duro,
pa´enamorar soy sobrao...
montañero diplomao
me gusta salile al sol,
soy del Cauca, el rio, hermano,
pa´l negocio aventajao
y pariente muy cercano
de la Piedra del Peñol.
Como ustedes, nosotros
tomamos guaro a montones
como comen chicharrones
con arroz y aguacates,
llenamos nuestros petates
con arracachas y yucas
y con hormigas culonas
que pa´algunos son malucas
a otros les sabe a gloria
y los pone a tirar catre.
Hay en mi Antioquia felíz
labriegos llenos de casta
que de sol a sol se bastan
pa´cultivar el maíz
y si les dan un deslíz
le venden a un dotor
una loca bien preñada,
las llantas pa una canoa,
una mula embarazada
y los ruidos de un motor.
En Santander, mire mano...
somos frenteros, de veras
no amansamos sino fieras,
conversamos con las manos
y si estamos entre el agua
sin saber nadar siquiera,
saben como nos salvamos?
discutimos de manera
que parezcamos peliando
y salimos conversando.
Eso es de reconocer...
como en Antioquia la Grande
donde manda la mujer,
mande bien o como mande,
porque existe el matriarcado
en cada familia paisa..
el machismo poco enraiza
y es para el paisa acertao...
que "es mejor pájaro en mano,
que muchos los que han volao".
Ta´ muy bueno el conversao
y pa´l fogón yo me llevo
para una chingua con huevo
cilantro y un buen tostao
pa´con chatas en asao,
servilo pa´l desayuno
con arepas de lejía....
y entonces en que quedamos
con lo que habíamos pensao?
... de juntar los dos en uno.
Juntemos nuestras culturas
en un solo corazón
pa´brindar a estas criaturas
de manos un apretón
por esta Colombia hermosa
que llevamos en el pecho
se juntan ora en verdad
una antioqueña preciosa
y con mi noble amiostad
un santandereano arrecho.
Texto: Jesús Antonio Báez Anaya
Actaución:
María Victoria Gómez como la cliente santandereana
Jesús Antonio Báez como el legumbrero antioqueño.
Junio de 2006.
